PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

miércoles, 6 de septiembre de 2017

HOMENAJE A DORIBAL ENRÍQUEZ, POETA CUBANO Y AMIGO.


Nota de la autora:

El pasado 26 de junio falleció en La Habana, Cuba, el poeta y amigo de viejas batallas, Doribal Enríquez.

Su pérdida sorprendió a todos los que le conocíamos; sobre todo, por aquello de no saber resignarnos a perder lo querido. Es así. Hay cosas que nunca aprendemos en la vida...

Personalmente, tuve la oportunidad de volver a verle después de algún tiempo. Eso fue en marzo de 2015, en La Habana. Y me resultó grato poder compartir de nuevo con él (y otros viejos colegas y conocidos) mesa y tertulia literaria. ¡Parecía que el tiempo no había pasado!...

Dejo a mis lectores lo que a Doribal dediqué en el último número de Palabra Abierta, en el cual amigos y reconocedores de su obra poética y de su humanidad le rendimos homenaje.
Para leer y apreciar todo el artículo (en el que participamos varios autores), pongo a disposición el mismo en: http://palabrabierta.com/homenaje-in-memoriam-al-poeta-doribal-enriquez/

Rosa Marina González-Quevedo (Astarté).




Carta de salutación a Doribal Enríquez.

Por Rosa Marina González-Quevedo.
(León, España.)

«...el tiempo no es el mismo para todos
y envejecemos pensando que los demás son
eternos, en esa isla-gaveta del nunca jamás
donde nadie está muerto,
y esperan por nosotros».
Doribal Enríquez, Señor cartero.
(tomado de La vida por delante).




Querido amigo:

¿Cómo estás? Sé que bien, aunque de vez en cuando se me olvide. A veces sucede que la nostalgia es demasiado fuerte. A veces, suponemos que aquellos que habitáis en el espacio infinito habéis perdido el camino de regreso a casa. Craso error. No es bueno pretender percibir con los ojos y las manos y los oídos las señales que sólo podemos ver con el alma. La nostalgia, en tal caso, termina por apartarnos de la verdad y nos impide ser libres. Por eso, como premisa, ¡nada de nostalgia para recordarte! El recuerdo tiene que estar limpio. Y ser un prado verde y lleno de sol, locus amoenus donde poder encontrarnos cada vez que así lo deseemos.

Hoy te hablaré de mis recuerdos. De los días y las tardes que pasamos juntos entre aquellos muros pintados de agonías cotidianas y de incertidumbre intelectual. ¿Llegaríamos a volar algún día?... ¡Bah! ¡Tonterías de la imaginación! Porque estábamos volando y no lo sabíamos. Y el cielo que tuvimos era el sendero lleno de retos, el mismo que recorríamos cuando atravesábamos calles empedradas.

¿Recuerdas las manchas de tinta en los dedos y los buches de café a media tarde en la oficina de la revista Vivarium?... ¿Recuerdas las tertulias de fines de semana?... ¿Recuerdas las mañanas de domingo, recitando versos, en recintos sofocados por la asfixia de lo impersonal?... Luego, lo de escribir tanta poesía... Eso nadie mejor que tú lo entiendes. Sabías (y sabes aún) que la poesía era nuestro mejor remanso de paz y esperanza. Porque entre metáforas danzantes y rimas de emoción se escondían las claves de nuestro eterno vuelo.

Por otra parte (y como dato más reciente), quiero que sepas que me alegro de haber podido compartir contigo en mi última visita a La Habana. Fue en marzo de 2015. Estábamos allí, reunidos, sentados a la mesa, comiendo y charlando de cuanta cosa parecida a la realidad nos tocara la mente. Tú, con tu inseparable sentido de la ironía (que tantas veces confundías con la guasa). Sí. Porque eras un artista en eso de sobrellevar situaciones dramáticas. No sé cómo, pero tenías la virtud de reír a la desaventura y a los momentos retorcidos de la vida (que no fueron pocos para ti). Y fue en este último encuentro habanero cuando me regalaste tus libros de poemas. No imaginabas que, al hacerlo, confirmabas que siempre se puede más. Pues, tarde o temprano, el espíritu escapa de la cárcel de la pobreza material. Sí. Recuerdo tu voluntad de acero... Y ahora, que lo único que puedo hacer es escribirte estas líneas, me doy cuenta de que no te di las gracias por todo lo que me enseñaste. Entonces... ¡gracias, querido amigo! No tendré palabras suficientes para expresar lo que me faltó decirte. No podré recuperar los momentos que dejé escapar para darte la mano, aunque fuera desde lejos.

Por último, reitero algo que ya sabes: aquí, en la Tierra, las almas libres son siempre bienvenidas. Así que, cuando te des un saltito por estas latitudes, no te olvides de traer contigo un poco de luz. Nos hace falta.

Bueno, no prolongo más mi saludo. Con estas líneas, me despido. Por supuesto, no tienes que responderme de prisa. Tómate tu tiempo. Al final, el tiempo infinito es la mejor coordenada para encontrarnos desde la distancia.

Un abrazo fuerte. No te olvido.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Poesía y reflexión: "Lugares comunes", de Marcelo O. Barrientos Tettamanti.

Un comentario de Rosa Marina González-Quevedo (Astarté).
Desde León, España.


A pocos días de haber visto la luz (el 20 de mayo de 2017, en la pasada Feria del Libro de León), Lugares Comunes, de Marcelo Oscar Barrientos Tettamanti, ha volado hacia las estrellas, transmitiendo al universo un mensaje de profunda sensibilidad humana.

Hablar de Marcelo no es sólo decir que es gran poeta y excelente fotógrafo. Esas son dotes que, por supuesto, le acompañan. Pero no bastan. Pues Marcelo es, ante todo, un querido amigo. Y como amigo, lo reconocemos en la sencillez de su vida personal y en sus palabras precisas y espontáneas (como son las palabras que nacen de los sentimientos más profundos).  


Marcelo O. Barrientos Tettamanti, autor del libro.
(Fotografía de Alejandro Nemonio Aller).
Lugares comunes es una compilación de metáforas diluidas en versos, en prosa narrativa e imágenes fotográficas (estas últimas, captadas por la lente del propio autor del texto). Al visitar esta obra, nos adentramos en recovecos del espíritu, esos que representan los caminos de una vida vivida entre ansiedad y mar sereno: el amor y el desamor, el extrañamiento escondido en la memoria del emigrante, el sentido de las cosas cotidianas, la amistad, el sabor de la sensualidad, la frustración que da el miedo a la soledad, los sonidos del mar y la tierra, las obsesiones que a veces nos dominan, los ideales que nos impulsan a continuar hacia adelante... En fin, Lugares comunes es una oda al alma del universo que somos: el universo personal. Y es una fuente de vivencias que nos permite reflexionar y aprender a ser mejores.

Cito las palabras de  Noemí Montañés Fernández (muy querida amiga), escritora del Prólogo de esta obra: 

Marcelo escribe como es, sencillo, generoso y emotivo, regalándonos así una lectura de las que llegan al alma, acompasada por su visión poética, aunque sea en ocasiones dramática del mundo, de sí mismo y sus circunstancias. 

Y con ellas, me uno al sentimiento de cariño y agradecimiento de quienes le conocemos.

¡Muchas gracias, querido Marcelo! 

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Dejo a los lectores de Los días de Venus en la Tierra este precioso poema, extraído de Lugares comunes:



Busco un lugar

Busco un lugar que sea mío, un espacio donde poder ser yo, dejar todas las poses que aprendí para pasar sin ser visto ni oído (aún me importan los juicios ajenos; a fin de cuentas, son el espejo en el que nos miramos los débiles). Busco un espacio donde soltar esta lágrima que ahoga mi voz, puesta como una piedra en mi garganta; allí me diré una vez más que he de cambiar, me mentiré otra vez y flotaré de nuevo en las aguas de un desahogo solitario.

Mañana saldré de mi escondrijo, que no es más que mi almohada y mi posición fetal; volveré a las máscaras que manejo desde hace tanto y caminaré en círculo pata volver a llorar, siempre de noche, en mi lugar.




sábado, 13 de mayo de 2017

DOMINGO (CON NOTA DE LA AUTORA).

Nota de la autora:

A veces, la fuerza demoledora de un domingo nos puede resultar patética. 
A veces, no apreciamos del todo la oportunidad que tenemos de ver salir el sol.
Esta es la historia de uno de esos domingos cualquiera, relatada por una mujer sin nombre. Para escribirla, he asumido la sensación de soledad que acompaña al despecho, convencida de que nuestro corazón no es, en absoluto, lo suficientemente fuerte para alojar todas y cada una de nuestras emociones.
Fue leída en Cuento Cuentos Contigo  (evento mensual de narrativa en la ciudad de León, España) con motivo de la celebración de su segundo aniversario.

 Rosa Marina González-Quevedo (Astarté).
 
Fotografía de Alejandro Nemonio Aller


Domingo.
Por Astarté.
León, España.

Esta mañana, el primero en recibir un tortazo fue el reloj. Le di un zumbón ¡tan fuerte! que fue a dar contra la pared ¡Mira que sonar un domingo...! ¡Y yo que creía haber desconectado la alarma!
Bueno, ya no me importa. Ahora está hecho trizas, así que, en adelante uso el móvil y problema resuelto.
Doy vueltas y vueltas en la cama. Ya son las ocho, y a duras penas me levanto. Como alma en pena, sin tumba ni páramo, entro y salgo del baño. Agarro el primer trapo que encuentro y me visto.
Irrumpo en la cocina. Quiero hacer café y veo que no tengo: el sobre está vacío. ¡Vaya!
Descorro la persiana. Hace calor. Abro la ventana. Y me enfrento cara a cara con la vecina, que tiende la ropa. La mujer se levanta todos los días a las siete (sin perdonar la ilusión que pueda hacerme eso de ver salir el sol en soledad). Luego, a las ocho y media, empieza a mover el tendedero:
─¡Buenos días! Hoy hace bueno. La ropa se va a secar enseguida... ─abre un diálogo que me da náuseas.
Quiero estrangularla, a ver si se calla. Pero está prohibido estrangular vecinos, así que finjo una sonrisa de radiante amanecer, y le respondo que sí, que hace bueno, muy bueno, muy pero que muy bueno... Le hago creer que tengo el café al fuego. Cierro la ventana.
Y ahora, tengo que bajar al perro:
─¡Dante! ¡Vamos!
Dante está sobre el sofá. Mueve las orejas, abre un ojo, menea la cola... Pero no tiene intenciones de alzarse.  
¿A que ya se meó detrás de la puerta? ¿A que sí?
Pues... ¡SI!
Eso me pasa por no bajarlo anoche.
Pero al perro no lo estrangulo. A ése no, que es lo único bueno que tengo. Mi perro...

Fotografía de Alejandro Nemonio Aller.
Preparo un desayuno sin café: un par de tostadas, mantequilla y un yogurt. Y cuando estoy dando el tercer mordisco, suena el teléfono. Por supuesto, paso de contestar.  Pero  queda un mensaje grabado: es mi madre, que acaba de enterarse de que no sé quién se murió en el pueblo. Y me pide que la llame en cuanto me levante... ¡JA!
Enciendo el móvil y me percato de que la WiFi no funciona. De repente, me entra un deseo antropológicamente primitivo de lanzar el móvil contra el suelo. Pero me contengo. Y al contenerme,  me sube desde el estómago un buche ácido a la garganta.
Entonces, me doy cuenta de que soy un animal peor que Dante. Un ser violento. Y me siento en el sillón, a analizar las posibles causas de mi estado: ¿las presiones de la crisis económica mundial, corrompiendo mi intelecto? ¿Los traumas de la niñez, acaso? ¿La menopausia? ¿El peso de la soledad? ¿El agujero en la capa de ozono...?
Pero ¿qué más da saber cuál es la causa de tanta violencia personal?
A fin de cuentas, es domingo. Y brilla el sol, retando a la codicia, como moneda de oro gigante que no puede ser tocada, ni por hombres, ni por dioses.
¿Y yo...?  Bueno, por ahora me he quedado aquí, jugando a combinar adverbios de tiempo y lugar. Sentada en el sillón, mirando dormir al viejo Dante.
Jugando a combinar adverbios...

Desde que te fuiste.



                                      


domingo, 9 de abril de 2017

La fábula de las sombras chinescas en un viejo diario (con nota de la autora).

Nota de la autora: Nada de especial en este relato dedicado a la libertad de expresión. Eso sí, acepto y a la vez propongo en él un reto que, si bien está colgado del brazo de todo escritor, es siempre algo difícil de vencer: apagar las sombras que, a veces (muchas veces), "iluminan" las ideas, disfrazándolas para el carnaval de lo políticamente correcto.
Reto fácil de plantear y duro de actuar.
Pero no imposible.

Rosa Marina González-Quevedo (Astarté)





La fábula de las sombras chinescas en un viejo diario.

El Director de mi diario tenía una extraña costumbre. Yo lo observaba desde mi escritorio, desde un rincón de la sala de redacción. Y me daba cuenta de que, al llegar, realizaba cada día la misma operación: sacaba del bolsillo la llave de su oficina, abría la puerta y, antes de entrar, encendía una pequeña linterna para iluminar el paso. Luego, miraba hacia afuera a toda prisa, quizás para cerciorarse de que nadie le observaba. Y sin más, entraba y cerraba la puerta. 

¡Qué raro! pensaba siempre al verle. Porque claro, para mí, lo más lógico era encender la luz y no una linterna: Es probable que el jefe tenga problemas de electricidad en su oficina, pero... ¿por qué no los ha reportado a la compañía? ¿Será que esconde algo? pensaba. En fin, tantas preguntas salidas de obvias deducciones, para las cuales no encontraba respuestas.

Nuestro periódico estaba en uno de sus peores momentos de ventas. A decir verdad, las cosas iban de mal en peor y, por supuesto, todos los trabajadores estábamos esperando el fatal anuncio de despido. Por mi parte, desde hacía un par de meses escribía para la sección de Cultura. Aquella mañana me dedicaba a redactar  un artículo (algo vano, por cierto) titulado El arte de beber café. Entre paréntesis, confieso que en esos días las tazas del mágico néctar iban y venían a mi escritorio en forma descontrolada. En fin, estaba ensimismada en páginas de la historia, colgada en la humeante infusión oriunda de Abisinia cuando, tal vez inspirada por la cafeína o por algún ángel que por ahí volaba, decidí descubrir el misterio de la linterna. 

O de la luz. 

Ya no sabía qué pensar.

Así que esperé la hora en la que todos marchaban, como era costumbre, al bar. Calculé que (también por costumbre) el Director salía cuando los demás lo hacían, dejando por lo general la puerta abierta. 

Entonces, entré. 

Y a la velocidad del relámpago encendí la luz: Y bien, no veo nada extraño, comenté para mí misma.

Luego, para no dejar cabos sueltos en mi “iluminada pesquisa detectivesca”, cerré la puerta (a expensas de que el jefe llegara de improviso) y apagué el local, tratando de encenderlo de nuevo, claro... 

Pero sin resultados positivos.

Porque, en realidad, aquella habitación se llenó de sombras y no de luz.
Sombras chinescas.
Sombras que bailaban.
Se movían ridículamente en las paredes haciendo mil piruetas, capturando cualquier rayo de sol que llegara desde el exterior a través de la ventana de cristal.
Sombras vivientes...

¡Impresionante! fue la palabra que salió de mis labios como un trueno. Y antes de que mi jefe me pillara husmeando donde no debía, abandoné su despacho y volví a mi escritorio.

Juro que si aquella mañana no tomé diez cafés en total, es mentira que existo.

Pero al día siguiente, al llegar a la redacción, todos vimos aquel cartel colgado en la puerta del Director:

POR FAVOR, AL SALIR CIERRE LA PUERTA Y APAGUE LAS SOMBRAS.

Quedé petrificada. El jefe lo sabía todo. Sabía que las ideas estaban apagándose en aquel periódico local. Sabía que, al cierre, las paredes se llenaban de sombras y que debíamos, al menos, tratar de apagarlas para salir del mal período de ventas. Sabía que la mayoría de los periodistas estábamos escribiendo en "formato de sombra" cuestiones que de nada valían al conocimiento de hechos reales. Y sabía, por último, que para luchar contra las ideas-sombras había que destruirlas y cerrar la puerta a la esterilidad del pensamiento.

Así, desde entonces, cada día desconectábamos el interruptor de la estupidez al salir. Y al llegar, iluminábamos las ideas con pequeñas linternas. Con esos foquitos de luz construidos, artesanalmente, en el laboratorio de  nuestra fértil imaginación.

Por lo demás, no logramos salvar el diario: los intereses económicos no viajaban en la misma dirección de la verdad.

Pero, al menos, pudimos rescatar un ápice de la libertad perdida durante tantos años de encierro periodístico.

Al menos eso. Aunque no se sepa aún.





miércoles, 22 de marzo de 2017

Red wine (con nota de la autora).

Nota de la autora: Hace ya algunos años escribí Red wine, evocación de una visita realizada (también años atrás) al Teatro del Epidauro, en el Peloponeso. Hoy he querido reescribir el texto, con el objetivo de actualizarlo en Los días de Venus en la Tierra. Sin embargo, al tratar de reformar la prosa, me han salido versos. Bueno, en realidad, espero que estos renglones sean aceptados como versos. La frontera entre poesía y pensamiento es demasiado estrecha y podríamos cruzarla sin darnos cuenta, tal y como atravesamos el límite entre sueño y realidad y llegamos a espacios no concebidos por la razón.

Rosa Marina González-Quevedo (Astarté).




Red wine.
Por Astarté.
León, España.

Regreso con aires de orgía.
Mitad de mi cuerpo está envuelta en manteles de lienzo.
Mis pechos, desnudos, ardientes deseos de ser absorbidos
                                                      ( por bocas borrachas.
Como en el cuadro del Caravaggio, Baco se viste de fiesta;
                                                     (los hombres, de vino.
¿Sueño?
Es posible.
Alcanzo a escuchar tambores vibrantes.
Mi copa traspasa la urdimbre del tiempo.
¿Sueño?
Es posible.
Desde el viejo Teatro del  Epidauro aterrizo en New York.
No hablas mi lengua.
No crees ni en dioses ni en vírgenes ni en máscaras de machos cabríos.
Would you like some red wine? preguntas.
Y yo, sin comprenderte apenas,
para no estropear el sabor de este instante, te sigo.





jueves, 9 de marzo de 2017

Hibernatus.

Nota de la autora: Propongo un viaje en tren para deshelar recuerdos. ¿Es posible caminar por los rieles del pasado mirando hacia el futuro? Puede que no. O puede que sí. La memoria es un viaje en perspectiva.

Rosa Marina González-Quevedo (Astarté).




HIBERNATUS.

Por Astarté.
León, España.  

Acabábamos de tomar el tren cuando escuchamos el chasquido de un pájaro al estrellarse contra el cristal. (¡Qué triste modo de morir! pensé).
Sin decir adiós, dejé el pueblo aquella tarde gris.
Era otoño aún.
El viento arremolinaba hojas secas en el patio de la estación, creando pirámides de recuerdos.

Bajo aquel manto de naturaleza muerta yacía la memoria; animal durmiente que despertaría, quién sabe, al llegar el invierno . 

jueves, 23 de febrero de 2017

Hojas secas (con nota de la autora).

 Nota de la autora:  El tema de la soledad forma parte de la Naturaleza. Crecen los árboles solos en el bosque, nace una flor en medio de un desierto, corren los ríos en soledad, en lo más íntimo de montes y montañas. Y a cielo abierto vuela solitaria el águila. Y solas rompen las olas en la solitaria orilla de la playa... Y nosotros, pobres mortales, en el mejor de los casos, coleccionamos hojas y las encerramos en una caja de seguridad, pensando que, al final, servirán para cubrirnos el cuerpo. Mientras tanto,  el alma vuela. Y la Naturaleza, en soledad, vive.

Dejo a los lectores de "Los Días de Venus en la Tierra" este relato-reflexión. Por cierto, en estos meses de invierno, Venus ha estado muy cerca de la Tierra. Celebremos su proximidad.

Rosa Marina González-Quevedo (Astarté)



Por Astarté.
León, España.

Cuenta la historia que, en un lugar del bosque, de su pequeño e íntimo bosque, dejó trazado el proyecto de sus últimos días. Días, por demás, extraños. Y por tanto, memorables. Días que, para no olvidarlos, los encerró en una caja de caudales. Una caja vacía, ahora llena de hojas secas. Una caja que dejó allí, sobre un mar de naturaleza, a merced del tiempo.

No había más que verle acariciar los árboles para darse cuenta de su especial relación con ellos. Les consideraba amigos de siempre. A menudo, les hablaba. Y les contaba anécdotas de su vida, repasando, una por una, el tránsito veloz de sus estaciones personales: Su primavera juvenil, cuando los sueños proliferaban como flores en su piel repleta de ilusiones; su verano impetuoso, cuando tenía tanta fuerza en el alma que podía derrumbar murallas de piedras a su paso... Y también algo de su invierno, cuando  la nieve y la soledad quemaban su energía, transformándola en cenizas.

Pero de todas sus estaciones personales, el otoño era aquella más significativa, precisamente por ser el tiempo de recoger hojas caídas: Para él, las hojas secas representaban un enorme caudal y nadie lo sabía. Eran  retazos de vida, aparentemente muertos, que le servirían para cubrirse el cuerpo inmóvil; su cuerpo que estaba envejeciendo, paralizándose, día a día...  hasta que llegara el día de no poder moverse más para ir al bosque. Por eso, en su noche tenía que conservar la tarde del otoño (quién sabe si sería el último) con el mismo celo que había siempre curado sus mañanas de sol.

No tenía herederos. Algún sobrino desconocido, hijo de algún hermano también desconocido en una ciudad desconocida... Eso era lo mismo que nada. Sobre todo, porque su entera fortuna estaba allí, en una caja de caudales llena de hojas secas, y no en una cuenta bancaria, ni en un palacio lleno de riquezas acuñadas en dinero. Era, en fin, un pobre entre los más pobres. Y eso no interesaría a nadie, por supuesto. Y él no se preocuparía por dejar testamento de su miseria. Cuando llegaran los días de nieve, cuando el viento frío abriera las ventanas de su cabaña y apagara su hoguera; cuando él, yerto, no pudiera andar para encender de nuevo el fuego, tendría al menos hojas para cubrirse el cuerpo. Que si bien una pequeña caja de caudales era un espacio muy reducido para almacenar gran número de ellas, estaba claro que, por lo menos, esto era un buen proyecto.

Y nada más que decir. No sabemos cuándo fue escrita esta historia, pero eso bien poco importa.  Caminemos y entremos en el bosque que nos crece por dentro y hallaremos un tesoro escondido en una caja olvidada por la gente. Frente a ella, todo buen observador podría descubrir cuánto vale la vida cuando la muerte, implacable pero condescendiente, deja vivas hojas secas, a buen precio, en la leyenda de cualquier viejo leñador.