PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

miércoles, 31 de octubre de 2012

Payaso.




Por Astarté.
León, España.

Él fue a su encuentro. Pero así, como quien no quiere las cosas, la vio alejarse del brazo del otro. Era su amante, el mismo del domingo en la ruleta. El bar del Casino estuvo abierto hasta las cinco y media y él los vio salir, juntos, de la mano. Y como la resignación no entraba entre las cuentas que debía a una vida, de hecho, más que resignada, jugó su última carta: la del poeta.

La noche era de perros. Llovía a cántaros, relampagueaba. En su humilde camerino (el más pequeňo de aquel circo ambulante) delante del espejo, su lápiz de labios bermellón. Y en rojo, marcando siluetas gráficas en una hoja garabateó trazos de aquel poema dedicado a su amada. Fragmentos nunca publicados en blanco y negro. Luego, delineó su cara, no sin antes embadurnarla, hasta la saciedad,  con polvos blancos. Endosó el camisón del día anterior; el mismo que usara en el acto de equilibrismo. Y para mayor constancia de sus versos, tomó las tijeras. Abrió en dos la bata. Luego, se descosió el vientre. Y entonces, dos lágrimas rodaron por sus blancas mejillas coloreadas.

Terminada la lluvia, ella entró en su cuarto y tomó al payaso entre sus brazos. ¡Caramba! No podía comprender por qué no le había nunca zurcido aquella simple y triste barriguita de trapo. Y es que lo quería roto. Cruelmente roto en su cama, incitando su más extremo sueňo erótico.

sábado, 27 de octubre de 2012

Scorpio: breve reflexión sobre la luz.




Por Astarté.
León, España.

Mente imbricada en su propia médula... La intensidad de un velo nos podrá, tal vez, desviar de la puerta del retorno al hogar donde espera la lumbre. Y lo más probable será que los pasos se hagan más altos y la ascensión más violenta. Quizás nos pueda parecer que el aire se torne denso o que una mancha oscura cubra el cielo transparente. Nada que temer entonces. Pues el cielo será igual que antes. Sólo que Scorpio nos habrá donado la certeza de su fantasía (a veces ésta cuesta un imperio de ideas...). Y a veces, cuando llueve, se mojan las alas de los pájaros en pleno vuelo. Si bien las alas mojadas no impedirán que una paloma entre en la casa de los hombres. Volar hacia la luz, en fin, requiere la simplicidad del juego. Y es que a Scorpio le arrebatan las nueces que crecen en un prado escondido. Es un gran comilón este amigo astral. Un niño con la cara manchada de cacao. Pues... ¡dar entonces a Scorpio lo que de Scorpio es...! Y en un cesto pequeño recojamos nueces. Aunque haya fango en el sendero que conduce a los nogales y las ramas sean altas... Siempre habrá una escalera. Esa que cargamos sobre el hombro cuando estamos por creer que nos faltan las piernas.

martes, 23 de octubre de 2012

Te estaba esperando.





 Por Astarté.
 León, España.

Era demasiado fuerte para creer en falsos ídolos. Así, un buen día, en medio del desierto, juró desenterrar todo lo que en él quedaba de banalidad y estériles juramentos. Fue entonces que emprendió las huellas de su corazón para atravesar el árido terreno. Se descalzó para sentir mejor, al tacto, el placer del dolor natural que en él causaba pisar las grietas del fango reseco. Y andando llegó a la carretera, otro desierto abandonado e infértil, por el cual no pasaba ya ni el mejor de los poetas. Y luego, atravesó el monte (¡divino silencio el del monte!)...

Y bien, cariño, no te reconocí..., ella le dijo al verlo llegar con llagas en los pies y  destrozos de piel en el alma, si es que puede existir un alma dérmica. Y por qué no. El alma tiene piel. Y él lo sabía bien: un río de vida fluía desde el interior de sus entrañas como manantial en medio de las rocas. “Y bien, cariño, es que te esperaba para cenar y no llegabas...”, le dijo al verlo hambriento y extenuado. Pero no era hambre lo que él sentía, sino amor. Aquel hombre, extraño ejemplar de esos nacidos bajo el signo de Marte... A pesar del cansancio, el haz de su silueta trepaba por las ranuras del techo y abría los brazos para abrazar el pensamiento de su amada...

Y bien, cariño, ¿te apetece un whisky o, mejor aún, un martini dry? Ella sabía que ésta ultima era una de las seis principales recetas del The Fine Art of Mixing Drinks, de David A. Embury. La mujer, claro, quería conversar. Y no sólo esto: su pasión la consumía; deseaba ser besada. Y para encender las pasiones, nada mejor que un licor aromático. Pero él no bebía, mucho menos cuando regresaba de un largo viaje. Y de aromas tenía demasiado: la hierba, la tierra, la erosión del viento lo habían impregnado de olores insustituibles. ¡Qué mejor sensación que la del olor a la hierba del monte!

En el centro de la pequeña sala había un espejo y nada más. Estaba allí, desde aquella primavera en la que ellos se amaron. Y bien, no es secreto para nadie que cuando el tiempo pasa quedan los espejos abiertos a la memoria. Ėl estaba extenuado, eso he dicho antes. Ella lo amaba con locura y lo esperaba para cenar con un martini dry a la luz de una vela. Ėl olía a hierba. A ver, ¿qué más?... En el techo, las ranuras le abrían el paso a las viejas vigas de madera, carcomidas por el comején. Y todo estaba en orden, pues nada existía, al parecer. Nada, menos el silencio. Ese que él había recogido en el monte para regalárselo a ella, lleno de vida. Sucede que, a veces, los grandes sueños ponen condiciones. Y el coraje no faltaba, ¡qué va! Ėl tenía tanto que le sobraba. Pero el coraje, ¡qué pena!, nada puede hacer cuando va a la guerra contra el tiempo. Y como sabemos, en ciertas ocasiones vale más el amor que el coraje. Por eso, cuando él entró y la vio sentada esperándolo, no se dejó derrotar. La tomó entre sus brazos. Ella lo deseaba, aunque no podía ya sentir el olor de su piel. Entonces, con ella en sus brazos, él atravesó el espejo y llegó de nuevo al desierto, árido e infértil. Y allí sembró una flor. Luego, caminando (con ella en sus brazos), llegó a la carretera, por donde no transitaba ya ni el mejor de los poetas. Y escribió un soneto. Y al final, entró en el monte, siempre con ella en sus brazos (¡divino silencio el del monte!)... Y le dijo: Te amo, ¿sabes? ¿Crees que aún tenemos tiempo para cenar? Y ella, desde el otro lado del espejo, le sonrió diciéndole esto, así de simple: Siéntate, amor. Te estaba esperando.

jueves, 18 de octubre de 2012

Invierno.



Por Astarté.
León, España.

Para no poner en juego el poder de la palabra 
y no jugar a pronunciar alguna de ellas al vacío
elucubrando a tientas sobre el alma
diré: ME RINDO... 
y no porque en realidad me rinda 
sino porque el delicioso invierno 
del camino que fui para mis piernas
he vuelto a cruzar
sin sentir el otoño.

El alma por fuera...





Por Astarté.
León, España.

Dándole un lugar al sueño y otro a las patologías de la mente, pruebo a jurar que a los llamados “soñadores” (por no decir “de-mentes”) toca la peor parte en el diagnóstico que cualquier galeno especializado en materia de psicosis pueda hacer. No tenemos más que entrar a una celda de manicomio para descubrirlos, allí, atados por cuerdas de cuero y conectados a esos cables eléctricos; estremecidos por shocks con funciones terapéuticas. Pupilos del buen gusto, atletas de la sensibilidad artística, viejos amantes de la sabiduría... Todos en la misma sala, sin hacer excepciones. Sus características generales coinciden en el poseer una tendencia al vuelo y a la fragilidad racional. Algunos, claro está, pueden aparentar ser fríos y calculadores. Pero esto es sólo apariencia. En realidad, los grandes matemáticos inscritos en el elenco de “soñadores” han sido, históricamente, menospreciados. Por supuesto, tal menosprecio llega casi siempre por parte de aquellos que, ignorando los enigmas del número definido como argé, no logran reconocer el vínculo existente entre las siete cuerdas de la lira tocada por Apolo y los siete sellos del Libro del Apocalipsis. ¡Incrédulos!...



 Pero,en fin, hablemos de esta celda de músicos, de poetas y de locos. De filósofos inspirados en el devenir. De pescadores que van al río con redes agujereadas a pescar truchas. Rindamos honor a este cuarto de almas truculentas, abandonadas al patrocinio del espasmo, donde habitan también los inútiles hijos de la metáfora, aprendices del fracaso. En un sentido pictórico, se trata de un cuadro patético, en el cual predominan amasijos de rostros con horribles muecas; rueda de baile de torsos deformes. Desde una ventana exterior se asoman siluetas que no han sido terminadas por la mano del artista. Nadie conoce a ciencia cierta si se trata de almas perdidas en el limbo; extraños personajes que quedaron fuera del drama, quizás por falta de coraje para actuar. Una vez al mes llegan algunos visitantes extranjeros. Son aquellos que se acuerdan de que tienen parientes soñadores y vienen a verlos; tal vez, por eso del por si acaso. Y es que nunca se sabe si un día caemos en profundo letargo y de ahí no despertamos. Pero lo más interesante de todo es que esta sala está permanentemente abierta al público. La entrada es gratis y se rifan papeletas para participar en la obra sin límites de edad, ni diferencias de sexo. Claro que para tomar asiento en platea hay una condición, al menos una: tener el alma por fuera y el cuerpo por dentro. El alma por fuera, como camisa de juglar, como pincelada de luz al centro de la noche.

martes, 16 de octubre de 2012

Letanía de amor para los amantes.




Por Astarté.
León, España.

Y es que había tanto sol que le ardían los ojos. Su piel, completamente quemada,  desprendía el aroma que el campo guarda, secularmente, en absoluto secreto. Y arrastrando los llagados talones llegó al punto de partida: su corazón. Que no era un órgano. Que no era, tampoco, la metáfora recocida por desabridos románticos. Era, simplemente, un corazón especial: el suyo. Y cuando no pudo seguir a pie por el sendero; cuando sus talones habían dejado de existir, se montó en un corcel. Y a pleno galope, se abrió camino entre la maleza del monte. El olor a hierba era indescriptible. Perfume vaginal, tierra y río mezclados en el barro... Hierba verde, árboles, sinsontes le dieron permiso para entrar al sitio sacro. Entró cabalgando. Y a mitad del camino rompió la montura para continuar su rumbo apresurando el paso. El tiempo de llegar a la meta era demasiado breve. Y cuando llegó, se sentó mirando al cielo, respirando el aire de la tarde que olía a olmo reverdecido en primavera. Y supo entonces que se había bebido el propio corazón. El sabor dulce de la sangre le llenó el paladar. Y tuvo, por supuesto, miedo de morir. Pero no murió. Y una tarde de abril, cuando no contaba ya con las fuerzas de su cuerpo, se abrió el pecho y sacó aquel antiguo rosario. Lo llevaba siempre, pero para usarlo, solamente, en casos de vida o muerte. Valga decir, por cierto, que aquella era una mujer que no creía ya, ni siquiera, en los milagros. Sin embargo, repitió la vieja letanía, como quien reitera alguna condición errante: Dios te salve María, llena eres de Gracia... Y la catedral se iluminó de eternidad: Porque él estaba allí, en su cama, abrazado a su cintura. Desnudo y despojado de cualquier veneno: Amor mío eres hoy, maňana y siempre... Y bendita eres entre todas las mujeres. Dulces sueňos. Ahora y en la hora de nuestra vida y nuestra muerte. Amén.

lunes, 15 de octubre de 2012

Hoy compré una idea.




Por Astarté.
León, España.

Hoy compré una idea. Una brillante idea. La vi mientras paseaba por las tiendas del centro. Detrás de una vitrina, en un escaparate gigante donde también había otras ideas, muchas de ellas de vieja confección. Entre un espejo y un maniquí resplandecía. Y su luz se proyectaba desde la fría lámina de azogue del espejo, llegando a iluminar la fachada del edificio de enfrente. Eran las tres. El sol hacía piruetas en el techo del mundo.

¿Sabéis por qué me gustó? Bueno, quizás parezca estúpido, pero me atrajo enormemente su forma: aparecía a los ojos de los consumidores envuelta en papel maché. O mejor dicho, hecha de papel maché. Un cuadrito, simple, colorido. Una idea adulta llena de muchas y brillantes ideas infantiles que esperaban ser tomadas en serio por racionalistas y empiristas. Algo, por supuesto, muy difícil de lograr. Pues para quienes la recuerdan, la infancia es tan clara y diferente (por no decir distinta) que, en la mayoría de los casos, no podría jamás cubrir los estrechos contornos de un tratado. Y quién sabe (me pregunto) si al final es del todo inútil que  los altos pensadores traten de comprar buenas ideas. Probablemente no sabrían qué hacer con ellas. Probablemente, claro está. Hay quien cree en los milagros.

domingo, 14 de octubre de 2012

El maestro de piano.




Por Astarté.
León, España.

El maestro la seguía desde el rincón de la sala. Cruzado de brazos bostezaba,  sin cuidarse apenas de herir su pueril ansiedad. Eran días de sol. Y aquella mañana de diciembre un rayo arañaba su rostro para abandonar, repentinamente, su perfil. Y tras arañarla, la línea amarillenta escapaba por el cristal de la ventana. Todo lo que de luz soñara no era, por tanto, más que un haz  cargado de pequeñísimas partículas semejantes al polvo.
Abrió la tapa del piano. Y haciendo el intento de tocar un piadoso Für Elise la volvió a cerrar... ¡Piedad, maestro! La música salía a tropezones de su escuálida imaginación, sin llegar a librarse definitivamente de la inmensa torpeza, no menos elegante que digna de quienes no se empeñan en aprender por creer no necesitarlo. Mientras tanto, el maestro, severo, la observaba. Como si exprimiera un limón seco. Sin pronunciar frases, ni siquiera un irónico ¡ja!. Nada que agregar a tanta severidad: la torpeza estaba allí, apuntando con su dedo sobre la cabeza de un polluelo desplumado. Torpeza atroz. Precipitación de absurdas notas musicales... Torpeza... ¡Qué torpe eres, hija...!... Y más enorme aún la torpeza de no haberle dicho aquella tarde al maestro que, a pesar de su sublime incapacidad frente a las partituras, le llevaría a él, por siempre, en sus apuntes de cuentos ejemplares.
Con respecto al Für Elise de aquel entonces nada más que agregar, sólo que una de esas piezas de estudio para principiantes de piano no surtió proezas en la alumna. La jovenzuela de largos y tortuosos sueños (destrozados por el acné, pero jamás vencidos...) y su maestro sabían bien que tal torpeza provenía de una pésima relación entre objetos. Vamos a explicarnos mejor: Se trataba de la relación de amor-odio entre el piano y un retrato. Pues mientras el precioso ejemplar de Richmond superaba al retrato en arrogancia; el retrato hacía lo mismo, superando al piano en todas las demás cosas. Y esta rivalidad entre los dos objetos explicaría por qué el monumental instrumento no permitía a la mozuela usar a gusto sus cuerdas para lucir las perlas más altas de su corona.
Años más tarde, en una sala de conciertos, despuntó la fama engalanada de recuerdos. Se trataba de un homenaje al talento y a la capacidad de instruir. Las manos del maestro no eran, sin embargo, las mismas de antes. Y hasta cierto punto podríamos llegar a pensar que le temblaban. Luego, silencio en la sala. El maestro de piano interpretaría un majestuoso Für Elise... ¡Silencio! De nuevo el haz de luz; esta vez llegando de la cabina del luminotécnico. Un hilo de luz azul. Extraordinariamente azul. Iluminando el retrato de aquella tal Lissette, la joven musa de su eterna vanidad.

viernes, 12 de octubre de 2012

EL AZUL.






Por Astarté.
León, España.




... en el cielo
donde hay una estrella
está la forja del mejor fabricante de espadas...
Y allí sobre la estrella
en el cielo
el azul.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Extraña descripción de un cuadro.




Bueno, queridos lectores, no siempre es Astarté quien cuenta sus historias. Esta es una de las historias que Astarté no cuenta... (a veces huelgan las palabras...)



Extraña descripción de un cuadro.

La vieja dama imperturbable sabe que sus días están contados. En un arranque de locura Amelia mató al duende de la lluvia. A partir de entonces, en un rincón del baño yace un bulto diminuto. Ella se mira al espejo y conversa con su imagen, que es mucho más joven que su cuerpo. Prevalece el claroscuro. Y el reflejo de la luz sobre el cristal le permite recordar la imagen que su cuerpo ha saltado.

Su casa no tiene ni jardín ni patio trasero. Es simple, sin espacios exteriores. Afuera sólo hay una calle que araña la fachada. La fachada tiene la cara llena de marcas y todos la conocen. Y la calle es estrecha y llena de baches. Fea calle ésta de Amelia. Sin parques ni árboles. Sin cines. Nada de extraordinario podemos ver en su calle. Y si entramos, no encontramos más que una salita con cuatro butacas descosidas, una cocina sin ventanas, un cuarto y un baño donde ahora hay un duende muerto en un rincón. Causa de la muerte del duende: ensuciaba el piso cada vez que entraba con los pies mojados y Amelia no lo soportaba.

El espejo, estrecho como la calle, pincha el torso de la vieja dama. El torso, mucho más robusto que su cuerpo real, la reprende y le dice: “Nadie te mandó a cometer un crimen”. Y Amelia —que no tiene rostro porque está de espaldas y no lo podemos describir— sonríe. Digo yo que sonríe. A lo mejor no es verdad. En la cocina hay un pato que se sacude las alas mojadas por la lluvia. Pienso que el pobre animal será la próxima víctima. Está ensuciando el piso con las gotas de agua que caen de sus alas. Claro que los patos, si se matan, por lo menos se comen. Los duendes no. No sabríamos nunca qué hacer con el cuerpo de un duende muerto.

Si queréis saber mi opinión, yo creo en los duendes porque en su mayor parte son pequeños y frágiles. Los he visto de todos los colores, pero prefiero los de color índigo como son esos niños raros que, según dicen, pertenecen a una nueva especie humana. ¿De qué color era éste que mató Amelia? ¿Verde? Porque su cadáver no se ve bien, está envuelto en trapos… (el pato que está en la cocina es, sin embargo, blanco. Nada nuevo esto de tener patos blancos en cocinas mustias). La salita está en penumbras y por eso no podemos describirla. Las cuatro butacas forman una fila de frente a una pared donde quizás hay un televisor; no estoy segura, ¡es todo tan lúgubre!… Todo a excepción del haz de luz que atraviesa la cocina y llega hasta el espejo del baño.

¿Que por qué se llama Amelia? No lo sé. En alguna parte leí «Amelia y el duende». No recuerdo bien si en el catálogo que daban a la entrada de esta exposición. Y si me preguntasen por qué he comprado algo así, tan patético… Bueno, tal vez haya sido por analogía. Y es que mi calle también es estrecha y en ella no hay ni parques ni árboles ni cines. Mi casa es pequeña y tiene solamente una salita con cuatro butacas viejas, una pared y un televisor que apenas enciendo. Lo demás, una cocina, un dormitorio y un baño. En mi cocina hay un pato, pero está en el horno listo para la cena. El pato era blanco como el del cuadro de Amelia. Lo sé, porque antes de comprarlo estaba vivo y le vi las plumas. Sépase, entre paréntesis, que yo no mato patos. Los compro ya muertos y descabezados. Los cocino, los como y basta. Me gusta el pato al horno con patatas. Por otra parte, del espejo que tenía en el baño puedo decir que lo rompí sin querer hace dos días. Mala suerte dicen. Me esperan siete años de desgracias. ¡Veremos! Pero yo, a diferencia de Amelia, estoy libre de pecados. Y poco me importa tener o no tener manchas en el piso. Y el pato lo compré ya muerto y sin cabeza para no mirarle a los ojos.

Me gusta el olor de la lluvia. Cuando llueve, abro la ventana de mi cocina —que tiene una ventana— y dejo entrar la luz. Y lo mejor de todo es que no he matado a mi duende, que sin dudas es índigo como son esos niños raros con capacidades especiales. Mi slogan es: «NO MATEMOS NI A LOS DUENDES NI A LOS PATOS, QUE PUEDEN SERVIRNOS PARA ROMPER CRESPONES» Y a mí, ¿quién sabe?… Mi duende de la lluvia me ayudará a escapar de este lienzo y a saltar por la ventana abierta al jardín, donde me espera la imagen que saltó mi cuerpo.

Véase: http://anterior.palabrabierta.com/cuento/extrana-descripcion-de-un-cuadro/


El perdedor.


Por Astarté.
León, España.

Recuerdo que era una mañana gris y fría cuando dejé el pueblo. No me despedí de los vecinos. Cerré la puerta y eché a andar sin mirar lo que dejaba a mis espaldas. Sabía que sentimientos breves no alcanzarían jamás mis huellas; en mi comunidad no existía ese tipo de sutileza emocional con respecto a mi ingenio. Me tenían por borracho y jugador. Les hacía un gran favor con irme lejos. Claro que lo que no sabían era que conmigo llevaba el alma de aquel sitio de Dios... El alma revestida con un cuerpo que da la naturaleza a los pésimos hijos de la sociedad; a aquellos que, como yo, no pactan con los que tiran las cartas sobre el tapete verde. Mis cartas fueron siempre las peores, las de perder. Y ni siquiera como expatriado me dan paz. Ni siquiera así... Eso del robo de las flores es pura cizaña, invento de los que quieren encubrir las propias trampas en la mesa del juego. Yo, sin embargo, jugué, sí, pero siempre limpio. Se sabía que robaba el As de trébol y que me gustaba por su inmensa frescura. Pero de ahí a eso de romper una cerca para robar flores en casas ajenas va un gran trecho. No tengo culpa. Ni de eso, ni de nada. Y ahora me salen con esta treta, siempre para darme las peores cartas, por supuesto... Vamos a ver, ¿a qué hora más o menos descubrieron la verja rota?... A las diez, ¿no? Hora improbable para robar en los jardines. Pasan todos y miran. Un usurpador no podría haber entrado así, con la gente que pasa y cotillea... A mí, la verdad, me preocuparían más los mirones, que son los que entran y salen sin pedir permiso. Son los que de tanto husmear en las expectativas ajenas, terminan por desbaratarlas. Pero un viejo perdedor como yo... ¡Vamos!, solamente querría flores para su memoria.
Morí a las nueve y robé a las diez. Sólo flores para su memoria...