PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

lunes, 17 de diciembre de 2012

Breve fábula de la cortina.




Por Astarté.
León, España.


    Mi vanidad nació junto a mi memoria. Y olvidando a mi memoria, di un nombre a mi vanidad, por si acaso algún día quería irse de mi lado a caminar por esos sitios de Dios. Al menos, los que la viesen pasar por ahí podrían reconocerla. El caso es que salió, al parecer, una tarde sin mí. Y al volver a casa se sentó de frente al mar, apoyada en la ventana del salón, con un trozo de encaje entre sus  manos. Y me dijo: Me gusta el color rosa. Es de niñas. Y mi vestido tiene que llevar lazos y cordones. Como una cortina. Y es que desde que lo vio en el catálogo no tuvo ojos, más que para aquel retazo de encaje. La ventana que daba al mar tenía un vitral transparente, demasiado transparente. Y entraba demasiada luz en el salón, demasiada... Tanta que cegaba. Necesitaba, pues, una cortina esa ventana. Y de encaje. Porque de encaje visten las novias y las reinas. Nada, que ésta es, en fin, la breve fábula de la cortina. Y dice así: Mi vanidad echó a andar sin mí una tarde de mayo. Y al volver, envolvió su menudo cuerpo, usando sus propias manos, en un retazo de encaje color rosa. Y después, se apoyó en el alféizar de la ventana del salón, de frente al mar. Y allí quedó. Atrapada para siempre. Como mi memoria.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Una ciudad: el vacío en el espacio del tiempo.





 Por Astarté.
León, España.


Diciembre de 2011. Entre luces y sombras, como enjambre de plasticidad, la bella Budapest giraba en la plenitud de sus espacios vacíos, esos que no dan prisa a los ojos del caminante. Sin querer, descubrí sitios de transeúntes, al parecer, llenos de vida pero calcificados, en fin... Y todo ello hizo que naciese en mí la necesidad de reproducir mis impresiones más chocantes, por eso del revivir lo extraño que no llegamos a alcanzar jamás sensorialmente. Quiero describir, entonces, una ciudad raramente húmeda, con calles medio vacías en días de fiesta y la soledad de dimensiones otrora espléndidas, pero hoy cargadas del taedium de agresivos visitantes que nada piden, porque nada quieren. Quiero decir que vi jóvenes sedientos de conquistas (esas no alternativas a la realidad del consumo), perdidos en una cierta obsesión por saltar el límite de lo posible. Y ancianos repletos de la nostalgia del viejo sistema, aquel que daba un fardo de harina a cambio de principios escasos de ambiciones. 
 
En fin, quiero decir que vi gente, no sólo turistas. Los turistas pertenecemos a otra categoría que nos aparta de la complejidad vital de las ciudades que visitamos. Quiero decir que vi, además, un caudaloso río, artificialmente iluminado de noche, brumoso en sus días hasta decir no más. Y que vi el paso del tiempo en la inmensidad de una iglesia, la más visible desde Buda hasta donde llega la vista del observador, hoy dedicada a conciertos. Pero, sobre todo, vi el halo del pasar del tiempo, desde un ya lejano 1990 hasta el sol de hoy. Y me pregunto qué ha sido del alma de Budapest, de sus pulsaciones más elementales, aquellas que hacían vibrar la opulenta ciudad de las dos orillas cuando predominaba el aire de los cambios políticos. Aquella que vi y que ahora no encuentro porque el tiempo pasa y nada deja del ayer, a no ser recuerdos. Yo, que vengo de todas partes, que siendo hormiga llevo mi carga a cuestas para no perecer, rindo  tributo al vacío de mis propios espejismos, resumidos, tal vez, en una búsqueda estética personalizada, no del todo definida. Y os dejo estas fotografías, que algo dicen por sí mismas de una ciudad de contrastes: Budapest, entre oquedades y multitud de visitantes; estos siempre regresan a sus casas con souvenirs y percepciones varias. La bella y enigmática Budapest, una ciudad que no sabe a dónde va. Ir y venir por espacios de bruma y vacío: buena razón de ser.  Al final, todas las ciudades se parecen.





sábado, 8 de diciembre de 2012

Filosofando: El ejercicio de describir los deseos.




Por Astarté.
León, España.

Texto y contexto para darle vida a una idea. Sin descripción no hay movimiento del verbo; la acción no cobra forma; no hay reflejos.

Hoy me valgo de una breve descripción, obviamente connotativa, para transmitir verbalmente la composición de un gran deseo: LA VIDA. Y escribo en grande este gran deseo que me sabe a fruta dulce, a pasto verde y a hiel; que me huele a salitre y a heno; que me arde y me acaricia y me pincha; me deslumbra y me embelesa. A veces, sin dar ningún aviso, mi deseo se vuelca en su propia naturaleza para proyectarme hacia una tela de araña muy sutil. Otras veces quedo atrapada en esta proyección, entre las ramas de un árbol lleno de bellotas, entre ardillas que suben y bajan ágilmente por el tronco. En fin, he descrito mi deseo. Y lo importante para mí, en este caso, es el estar conciente de quererlo describir. Eso es ya suficiente para darle forma. Pues, como verbos, sin su descripción los deseos no se cumplen.

En una ocasión, años atrás, pedí un deseo: tener una vida intensa, sin saber muy bien qué cosa pedía. Estaba, sin lugar a dudas, confundida en aquel entonces, por pensar que VIDA INTENSA era una analogía del placer. VIDA INTENSA sin embargo, además de momentos placenteros presupone el ver derrumbarse, por ejemplo, todo lo que poseemos (o que creemos haber poseído) sin dejarnos caer (al menos, no del todo) en los escombros-efecto de cualquier tipo de cataclismo humano. Obra difícil ésta de no dejarnos caer, ¿verdad? Pero no imposible. Y me refiero a la intensidad que hay en la fuerza del espíritu para sobreponerse y seguir proyectándose hacia la luz, a pesar del sinsabor de las derrotas, o ante las traiciones (la propia, a veces...), o ante la carencia de afecto. Que si LA VIDA fuera, como tal, obra fácil, naceríamos sin riesgos y sin parto.

Hoy es un día especial. El día de describir un deseo importante. Y a mis queridos lectores (a aquellos que, furtivamente, encuentren en la red esta página y la lean “por curiosidad”) propongo un ejercicio, muy efectivo, que es el de describir un gran deseo: Pues bien: yo deseo un castillo... Y yo, una tarta de chocolate... Y yo, que mi amigo sane... Y yo, escalar el Himalaya... Probad, pues, a describir ese deseo y será cumplido. Cumplido para vuestros sentidos, para vuestra memoria del futuro (¿existe?...). Pero describid vuestro gran deseo. Sin olvidar que LA VIDA, escrita en mayúsculas e intensa como es, nos hará siempre y día a día descubrir que la obra de un deseo no está exenta de contrariedades. Como la vida misma en su absoluta intensidad.


jueves, 6 de diciembre de 2012

ALMAS EN PENA.



Por Astarté.
León, España.

Cuántas veces pasan y siguen en su danza. Giran, se deslizan, hacen piruetas. Y si no se detienen será, tal vez, por temor a no contarnos qué hay en los espacios donde moran. Insisten, sin embargo, en cohabitar con nuestro espíritu entre un viaje y otro, en el universo prolongado hacia adelante. Nos esperan en los sueños, cuando las pupilas yacen bajo cierta lámina de azogue y estamos cansados de tanta vigilia. Y en ese trance no les hacemos preguntas (o mejor dicho, no demasiadas, rectifico...). Llegan, permanecen, nos tocan en el hombro, palpan las membranas de nuestro territorio privado. Refieren la angustia que mina los ocasos paralelos al mundo en que vivimos. Corren y escapan atravesando puertas. Nos tutean, nos sonsacan. Juegan a amedrentarnos en medio de la soledad, lo mismo en banquetes suntuosos que en vacuos salones. Bajan escaleras. Suben al trastero. Atraviesan la maleza de un bosque. Se alimentan en sótanos. Se parapetan tras las cortinas. Y casi siempre descansan cuando somos más sobrios y despiertan cuando estamos más ebrios. Nos recuerdan que hay alternativas para la memoria y barrancos en la frontera de la racionalidad. Fieles testigos de otras vidas. Les tememos o les odiamos por no querer decirnos bien sus nombres y apellidos. En raras ocasiones les perseguimos. Y si no llegamos a atraparles del todo es porque, para lograrlo, nos falta el coraje y nos sobra el ego. Algunas de ellas, las más violentas e inconformes, nos ponen zancadillas y nos hacen caer de bruces a los pies de nuestra propia infancia. Atormentan, torturan, gozan de placer al sodomizar nuestro orgullo hasta la saciedad. Y ríen al final de la escena. Nos invitan a quedarnos solos en espacios lúgubres. Muchas nos deleitan  al tocar divinas melodías con el arpa, el violín o el piano. Otras, dibujan su perfil en las paredes o en las losas del suelo. Con frecuencia, se reflejan en los mismos espejos junto a nuestras siluetas, para confundirse con la perplejidad que emanamos. Alumbran el poder de esa fantasía diluida en el cotidiano y rancio empecinamiento del querer saberlo todo. Apagan nuestras velas, soplando fuertes vendavales. Acarician nuestra libido y encienden el morbo del apetito que nos fulmina. Nos lanzan hacia el verde jardín de la noche a través de ventanas abiertas. Cierran pabellones con sus brazos, nos invitan a morir. Las más comprensivas nos envían mensajes de ánimo ante las inevitables derrotas humanas. Otras, nos envidian o nos celan, quizás por haberles usurpado el territorio, el amor o la vida entera. Les llevamos por dentro; nos asechan por fuera. Y lo peor del caso es que formamos parte de sus tristes existencias. Lo mejor es no invocarles, digo, pues podríamos disturbar sus proyectos inmediatos. En todo caso, más nos valdría aceptar que son eso que no son, pues no cargan ni con culpas ni con méritos. No son ya responsables de sí mismas, mucho menos del vestido que llevamos puesto. No usan nuestras armas, sino otras mucho más perfectas. Desean amar, pero no encuentran la forma de hacerlo. Entonces, pueden llegar a transmitir el delirio de la ira que a veces nos ciega. En fin, estemos atentos ante la alucinación que provocan sus potentes señales. Es que la vida, desde este lado del sendero, no les ha sido benévola y tienen, a falta de amor, sed de sarcasmo. Y aunque arden en ganas de cruzar el puente no pueden hacerlo, pues temen quedar atrapadas por las aguas. Por lo demás, prudencia. Que somos aquellos que aún, bien o mal, pescamos a la luz de un candil muy breve. Y el anzuelo que usamos es corto. Y nuestros pies, descalzos. Y nuestra barca, sin velas y sin remos. Y en la danza de las mariposas en torno al fuego cabe, por qué no, la terrible posibilidad de quemar nuestras alas todavía sin saberlo.