PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

martes, 16 de abril de 2013

PARALELISMO.




Por Astarté.
León, España.

           Armada de toda su paciencia fisiológica salió a la calle. Era un día de abril del año tal, no llovía. En los jardines de la ciudad atinaban a ser imaginarios los colores a la luz del sol. Estaba cansada; es más, agobiada de tanta espera. Pero su paciencia era enorme, sólo comparable con la que tienen las mujeres grávidas al octavo mes y medio de gestación. Y aunque, en este caso, no esperaba un hijo, era como si lo hiciese. Se palpaba el vientre y sonreía. Los autobuses paseaban por las avenidas. Y ella miraba el ir y venir de la gente como si fuera el mar. Olas ligeras cargadas de espuma  a veces crecían y saltaban a la orilla.

Armado de toda su química fisiológica salió a la calle. Era un día de abril del año tal, no llovía. En los bares de la ciudad atinaban a ser audaces las copas a la luz del vino. Estaba cansado; es más, agobiado de tanta espera. Pero su química era feroz, sólo comparable con la que tienen los hombres solitarios al octavo mes y medio de quedarse viudos. Y aunque, en este caso, no había enviudado, era como si lo hubiese. Se palpaba la frente y  sudaba. Los coches corrían por las avenidas. Y él miraba el ir y venir de ciclistas como si fuera el cielo. Nubes oscuras cargadas de lluvia a veces pasaban y seguían su rumbo.

Armados de toda la lucidez posible e imposible salieron a su primer encuentro. Era un día de abril del año tal, no llovía. En los bancos de aquel parque atinaban a ser mágicos los compases de la calma. Estaban cansados; es más, agobiados de tanta distancia. Pero su lucidez era infinita, solamente comparable con la capacidad del universo. Y aunque, en este caso, no eran ángeles, era como si lo fuesen. Se palparon los rostros y se reconocieron. Los gorriones revoloteaban por entre las ramas de los álamos. Y ellos, dichosos, miraron el reloj de la plaza vecina como si fuera el punto de partida. Y entre olas y nubes, entre el mar y el cielo vivieron el último instante de sus vidas pasadas cuando, al compás del tiempo, cruzaron el puente.