PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

miércoles, 14 de agosto de 2013

Breves notas sobre el día de hoy.










      Por Astarté.
      León, España.



      En el extraordinario ir y venir de los días confundo la idea del tiempo que he dado a la vida. Y si ayer, por ejemplo, jugaba a tirar los dados de algún por-venir tremebundo, mañana, probablemente, jugaré con las cartas de lo irremediablemente vivido. Pero hoy... ¿cuál es mi juego...? Pues, digo que hoy cuelo el café matinal y me visto de horas para hacer del día un  salón donde juego a  soñar. Mientras tanto, el sol de agosto limpia el cielo de sombras y luna (aunque las sombras sigan ahí, detrás de la ventana,  y la luna esté en su corredor, a mitad de camino). Como vemos, hablar del presente es una hazaña; un acto del habla, descriptivo y audaz (los sentidos nos engañan...). Pero, igualmente, la certeza de que aquella vecina está, ahora mismo, tendiendo su ropa mojada y que mi gata se ha escondido en el armario son datos que anoto en mi cuaderno (como si se tratara de un común estudio de campo). Yo, por si cambiaran las reglas de la percepción, no me escondo y no me expongo en exceso. Tampoco me cohíbo, aunque no me arriesgo en demasía. Solamente abro la puerta y salgo. Me desprendo de mi ropa, de mis libros, de mi piel... Y me miro. Pero no es fácil hacerlo. Puedo jurarlo.

                                                                               ***

      Hoy, en el camino de regreso a casa, encontré una piedra (de esas que recojo a cada rato por la simple curiosidad de observarla o, quién sabe, por si acaso pudiera ganar de ellas un poco de poder y resistencia). Mi hijo imaginario me pide explicaciones de por qué los grillos chirrían tan alto (él dice que los grillos chirrían y no que cantan y no se equivoca del todo...). Y yo juego a explicarle con una vieja fábula, inventada para salir de aprietos a la hora de dar explicaciones sin tener respuestas. Él me mira (sé que me observa). Y en su fantasía construye un castillo, equilibrando cientos y cientos de cuerpos duros (como mi piedra del camino). Luego, con ojos vivaces, me reta a duelo. Y yo, que vivo de jugar al por-venir y de entretejer manías de historias en las que entra a jugar el irremediable pasado, lo visto (a mi hijo de ensueños), lo calzo y le abro la puerta. Y le pido que no se aleje demasiado. Y lo miro. Marcha radiante de juegos. Y dejarlo partir no es fácil. Esto también puedo jurarlo.

                                                                             ***


      Escucho música (me gusta hacerlo, igual si estoy sola que en compañía). El deseo de cocer gambas en salsa picante y acompañarlas con un buen vino es, puedo asegurarlo, una idea fija. Y como, según he oído decir, las ideas fijas no nos llevan a buen sitio, sustituyo mi deseo de gula por uno mucho más simple que no escribo. Pero igual da: todos los deseos son, más o menos, harina del mismo saco (todos pinchan con alfileres los sentidos). Sin embargo, tomo nota de ellos y los guardo (al final siempre sirven). Me siento en el salón de juegos, tratando de seguir observando mi cuerpo desde fuera de su piel. Pero, extrañamente, veo un bulto, un amasijo de materia irradiando energía. Y entonces hago un esfuerzo (agotador, por cierto) para observarme sin mi hatillo de costumbres (de esas acumuladas a través de mi idea del tiempo). Mi hijo imaginario se ha ido. También yo (desde que abrí la puerta, y eso ya pertenece al pasado...). Algo, sin embargo, me da la certeza de que hoy no es un día cualquiera, por el simple motivo de que ningún día (teniendo en cuenta esa idea del tiempo que me hace errar) lo es. Y si no bajo al bar... Si no cargo mi viejo fusil con flores, peces y tierra es porque, a pesar de observar lo que no puedo, vivo.

viernes, 2 de agosto de 2013

LA CANCIÓN DEL FANTOCHE.

 



Por Astarté.
León, España.


Miraba tan lejos que su vista se perdía en el horizonte y luego no hallaba el camino de regreso al hogar. Sus aspiraciones, altas como el trono de los antiguos emperadores, sobrepasaban la techumbre de su humilde casa y, quizás por eso, las ideas escapaban de su frente hacia los árboles del monte. Su condición de curandero de barraca era, sin embargo, aquello que menos cuadraba con el resto de su personalidad de rey frustrado. Claro que, dadas las circunstancias de pobreza material y moral que le circundaban, este monarca improvisado, con su jerarquía de ambiciones y su cetro de ignorancia, vio la posibilidad de convertirse, de buenas a primeras, en una especie de rey Midas. Olvidaba, al parecer, que para entrar en el torrente espiritual ajeno tenía, ante todo, que labrar su jardín con manos propias.

      Usaba las hierbas para curar a la gente. Y la gente, creyéndole sin más, acudía a sus rústicas sesiones de medicina natural, fueran cuales fueran las dificultades del camino. Cada mañana entraba en un viejo trillo y se perdía en la maleza, para luego regresar con las manos repletas de ramas y raíces. Más tarde, a eso del mediodía, encendía el carbón y preparaba un brebaje, al cual había dado el nombre de “néctar milagroso”. Decía que un solo frasco de tal mejunje calmaba, no ya los dolores corporales, sino, sobre todo, aquellos del alma.

      Fue así que su casucha comenzó a llenarse de paisanos (y de paisanas, por supuesto), crédulos de buen corazón que acudían cada tarde a encontrar al curandero para comprarle todo lo más que pudieran de aquella poción divina. Él, mientras tanto, acumulaba riquezas materiales de todo género: aquellos que no le pagaban con dinero, lo hacían en especie (con frutos de la tierra o del mar, pieles, animales y hasta piedras). De esta forma, el ilustre salvador de vidas, poco a poco, llegó a poseer un verdadero imperio entre el monte y la playa. Se hizo de una embarcación, construyó un espigón, alzó un pequeño faro en su enigmático puerto. Compró maquinarias para cultivar la tierra, cercó su hacienda, adquirió ganado y caballos. Y más tarde, cuando su poder era ya estimable, compró el derecho de tener labradores y siervos a su entera merced. Fundó una villa. Construyó una iglesia y, frente a ésta, un prostíbulo de lujo para criar hembras de monta legítimas. Edificó un banco; acuñó una moneda en la cual resaltaba, como imagen, la monstruosidad de su propia esfinge. Y para culminar su obra de dueño y soberano, monopolizó los límites del espacio territorial, por cielo y por suelo, de su oscuro reino.

      No compró, sin embargo, la eternidad. Eso no pudo hacerlo.

      Cuentan los que allí vivieron que, fascinado por la fluorescencia de la flor de la mandrágora, no tuvo cuidado al desenterrar su raíz, cayendo, mortal, en el torbellino de espectros nacidos del conjuro que él mismo pronunció. Y cuentan también que, en la noche de su muerte, una vieja guitarra, borracha de arpegios, fue a parir.




 
Paria, preciosa canción de Alberto Tosca, interpretada por la cantante cubana Xiomara Laugart. Me inspiró para escribir La canción del fantoche.