PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

lunes, 16 de septiembre de 2013

Un viaje imaginario en LA MEMORIA (Comentario a la novela "Marja y el ojo del Hacedor", de Manuel Gayol Mecías)




Por Astarté
León, España.

 Un viajero salió un buen día a recorrer la memoria. Y no digo a recorrer su memoria, sino la memoria, universal y colectiva por naturaleza. El caso es que el viajero  inició su recorrido por la imaginería con el entusiasmo de los curiosos que han sido alguna vez (y más de una vez, por qué no...) marginados y condenados a vivir en la dimensión de un tiempo troncado por los designios de un Sempiterno.

El imaginativo y curioso viajero, sin embargo, había olvidado que emprender este decurso a través de la memoria requería, ante todo, invertir las coordenadas del tiempo y del espacio, para atrapar, con la mano que no agarra la pluma (la mano que ha quedado libre) el hilo conductor de la trama que él imaginaba. Fue así que el viajero, hacedor que pretendía inventar personajes para una novela de ficción, quedó bloqueado ante una puerta misteriosa, la cual se presentaba a su ojo como el único hueco para entrar al mundo de las estatuas de sal. Ellas (las estatuas, pétreas) le esperaban del otro lado, en el reino de Perséfone, para ser revividas y rescatadas al mundo real.

Y entonces sin desanimarse, el viajero, gobernador de su gran imaginería de poeta, alzó su mano (esa que le quedaba libre) y agarró, firme y decidido, la cuerda (el hilo de la trama de la historia), dejándose deslizar hacia el hueco que le permitiría entrar del otro lado, al rescate de Marja y de su propia conciencia.

No tuvo que tocar a la puerta, ni nada por el estilo. El hueco, que era su propio ojo de Hacedor imaginario, se abrió instantáneamente. Por supuesto, al ver la apertura, el viajero- buscador de imágenes quedó algo desorientado, pero su estupor duró sólo un instante, que ni tiempo tuvo para darse cuenta de su propia maravilla. Se trataba, pues, del ojo de la aguja, a través del cual pasaba el hilo conductor de la historia... (¿Pero de qué historia hablamos?... ¿De la historia de este libro titulado Marja y el ojo del Hacedor?... O, más bien, ¿será que nada más existe una gran historia, un solo libro que viene a ser la integración de todas las historias y de todos los libros que suelen existir, incluso de aquellos que están por escribirse? ¿Será?...) El viajero quedaría con una enorme duda, piedra filosofal del CONÓCETE A TI MISMO inscrito a la entrada del Templo de Apolo en Delfos. (¿Será este Templo el cuartucho solariego de Apolo Adán, alias el Flautista, en La Habana?)... Es decir, el viajero quedaría con la duda  de no saber si era él quien escribía su propia historia (que es la misma de Marja), o si, al revés, era el personaje-protagonista del libro que Joel Merlín, alias el Estudiante, escribía en la Buhardilla de los Marginados. O si era ambas cosas al mismo tiempo.

Yo, que conocí a Joel Merlín y a Gladys (su mujer), les recuerdo caminado por las calles de aquella ciudad donde vivió Lezama (quien también estuvo al margen, en los límites del tiempo y del espacio real, aunque hoy se quiera decir otra cosa bien distinta...). Y si atravieso mi propio ojo en la memoria, entro y salgo en habitaciones que se confunden y amalgaman: Salto hacia el mar desde el piso 16 de un alto edificio (en Primera y Paseo, en el Vedado) para caer en Trocadero 162, muy cerca del Paseo de El Prado habanero... Y camino a través de la espuma de las olas que atraviesan todo el litoral (las olas van buscando peces, a ver si las olas me rescatan algún día...) y llego hasta el mínimo rincón de la memoria donde Marja, que no está dormida, me aguarda con todo su erotismo criollo en el tiempo infinito de un universo extraordinario.

El Hacedor, que era tan curioso, terminó la historia que quería inventar descubriéndose a sí mismo. ¿Tuvo miedo al descubrirse?, ¿quién sabe? En todo caso, no hay conocimiento sin miedo, como tampoco sin dicha. Porque al conocernos a nosotros mismos, nos re-conocemos como la negación del como-hasta- entonces nos habíamos imaginado. La vida, en fin, no termina en ese punto del cual todos tememos (al menos, de eso han dado prueba Marja y su hacedor imaginario); ese punto (o hueco hacia el infinito u ojo de la aguja, da igual como queramos llamarle) no es el fin, aunque parezca que morir lo apague todo,  la memoria inclusa. Al contrario, atravesando el ojo penetrante podemos descubrir que allí, del otro lado, empieza, otra vez, la vida.

A mi amigo de siempre, Manuel Gayol Mecías, autor-creador de este libro (Marja y el ojo del Hacedor, que no es una historia, sino parte de la Historia de la isla del Sempiterno concentrada en pocas páginas) quiero dar las gracias por haber regalado a la literatura más actual este pedazo de vida personal y colectiva. Pero también deseo hacerle llegar a Marja un mensaje, de esos que se deberían comunicar al oído y en secreto, pero que por ser yo una lectora omnisciente (de otra forma, no podría jamás comprender el misterio del narrador omnisciente) tengo que decírcelo a voces. En fin: Querida Marja, no nos abandones aunque pasen los años... Y aun cuando la luz  ilumine ¡al fin! La oscura noche del sempiterno, guarda todavía tu memoria para recordar, por siempre,  la gran epopeya que significa vivir  un sueño.




Manuel Gayol Mecías. 
Poeta, narrador y crítico literario cubano. Nació en Las Tunas, Cuba, en 1945. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad de La Habana, en 1979. Desde ese año y hasta 1989 trabajó como investigador en el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas. En 1989 y hasta 1994 fue especialista literario de la Casa de la Cultura de Plaza. Durante esos cinco años impartió asimismo clases de talleres literarios a una buena cantidad de escritores jóvenes cubanos. Fue miembro del consejo de redacción de la revista Vivarium, del Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana. Recibió numerosos galardones literarios en Cuba en los géneros de poesía y cuento. Algunos de ellos: premio de cuento del III Concurso Literario Provincial Luis Rogelio Nogueras 1990 de Ciudad de La Habana; primer premio de Cuento en el Concurso Hemingway 1991 y Premio Nacional de Cuento en el Concurso Luis Felipe Rodríguez 1992, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). En la actualidad es editor en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, California.
Retablo de la fábula (Poesía, Editorial Letras Cubanas, 1989); Valoración Múltiple sobre Andrés Bello (Compilación, Editorial Casa de las Américas, 1989); El jaguar es un sueño de ámbar (Cuentos, Editorial del Centro Provincial del Libro de La Habana, 1990); Retorno de la duda (Poesía, Ediciones Vivarium, Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana, 1995); La noche del Gran Godo (Cuentos, Neo Club Ediciones, Miami 2011) y Ojos de Godo rojo (Novela, Neo Club Ediciones, Miami 2012)