PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

lunes, 30 de diciembre de 2013

Deseos para el nuevo año.




Por Astarté.
León, España.


        Para comenzar el año y buscando no engañarme con eso del tiempo y de los ciclos acordados por los hombres para organizar la vida del planeta en el que vivimos, quiero hacer presentes mis deseos, precisando que estos no son los que me harán más bella, virtuosa o rica, aunque, tal vez, sí más conciente de mi propia vida.

        Y bien, ante todo, deseo ser ésta que soy; es decir, un ser humano que se regocija estirando sus extremidades, cada mañana, al despertar. Deseo seguir sintiendo el sensual cosquilleo de mis sábanas al rozar mi piel y, una vez despierta, refrescar mi rostro con agua cristalina, bien fría, como el agua de los manantiales. Y con la cara fresca aún, mirarme al espejo y reconocerme. Y una vez, reiterando ser yo misma, deseo que el aire que respiro esté ahí, al alcance de mi aliento. Y que mi inteligencia natural me guíe, a cada paso, al tomar el oxígeno que uso para respirar (justo el necesario).  Deseo que mis zapatillas de noche se iluminen con el día; que destellen la luz de las estrellas más lejanas a fin de dar lumbre y calor al camino que recorren mis plantas terrenales. No puedo, por supuesto, dejar de desear mente clara y ojos lúcidos: Sin lucidez suficiente no podré orientarme en la cocina de casa, pequeño rincón donde hago el café matinal y abro la ventana para ver el sol. Deseo, además, continuar teniendo el oído musical que me permite escuchar las melodías que adoro. Y, al mismo tiempo, untar mi pan del desayuno con mermelada de frutas, bien rica, para alimentarme. Y que mi cuerpo, repleto de hambre gestual y fuerza, de sangre y  nervios, esté apto para recibir los golpes y caricias, los dolores y bondades que merezco, sin excesos, claro está. Y así, deseo el paladar y el gusto sensorial íntegro para saborear lo dulce, lo salado, lo amargo y lo agrio de la vida, ni más ni menos, no dando demasiado tiempo al desagrado y plisando de espacio los momentos de placer. Deseo, por demás, amar y ser amada, besar y que me besen... Deseo cerrar mis manos y sentir que hay granos de arena, migas de pan, gérmenes de piel entre mis dedos. Deseo mente clara, corazón abierto, cuerpo sano. Eso es todo. Y aunque sé que es demasiado, sé también que, para comenzar el año, tengo el derecho de pedir que el tiempo sea tan preciso y enorme como la eternidad. 
Eso pido para mí y para todos vosotros.

Abracemos, pues, el 2014 con la plenitud de nuestra energía más positiva.

¡QUE SEA UN AÑO DE RENOVACIÓN PERSONAL!

Un abrazo a MIS LECTORES Y AMIGOS.


Astarté.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Trilogía de un secreto.



Por Astarté.
León, España.
  
     ...¡Y cuántas historias te he contado! De esas reales. Y también de esas inventadas, a las cuales, por cierto, no les ha faltado un ápice de verdad, a pesar del derroche de fantasía que he invertido para construirlas... ¿Cuántas?... En fin, te he narrado anécdotas y episodios que tienen que ver con otras vidas, más o menos cercanas a ti y a mí. Te he dormido con cuentos de hadas, con leyendas, con mitos... Pero no sabes algo que no te he dicho jamás. Y bien, hijo mío, hoy te revelo un secreto: SOY TU MADRE. ¿Lo sabías? ¿Sí? ¿Y por qué crees que ya lo sabías? ¿Porque  tienes mi carácter?... ¿Por los rasgos de tu cara, que reproducen los míos? ¿O porque no recuerdas con mayor lucidez a otra persona que no sea yo?... Pues no. No, hijo. Si crees que soy tu madre por eso o por cosas semejantes, te equivocas. Vamos a ver: Había una vez una joven cabeza-loca que salía de la escuela e iba a reunirse con la aventura, a escondidas, por supuesto. ¿A escondidas de quién? Pues, a escondidas de su propia alma. No sé si sabrás que a los quince años se piensa en la posibilidad de ser invencibles. Bueno, hay también aquellos que insisten en que a los quince años no se piensa... ¡Son tontos! Pero a lo que íbamos: Te diré que a la temprana edad de quince años, en la flor de mi vida, te encontré bajo la luz de la luna. Te vi. Estabas encogido, en posición fetal. Solitario, olvidado por el mundo. Y fue entonces que quise que fueras mi hijo. Te dije: A partir de hoy te llamarás “SUEÑO”. Te calentaré, te alimentaré. Cuidaré de ti. Con respecto a eso de darte una educación, ya veremos cómo... Por el momento, lo importante es que vivas y que seas feliz... Y no sé, hijo mío, si lo has sido o no. Pero créeme que he hecho lo mejor que he podido... Créeme que te he dado lo mejor que he sabido para que crezcas. Por eso soy tu madre. Porque di mi alma a cambio de que tú encontraras la luz. Y porque volvería a sacrificar mi piel para que tú vivas. Pero no lo digas a nadie. ¿Lo prometes?

***

    Ayer encontré la nota que mi madre dejó para mí, olvidada en un cajón. A decir verdad, no sabía que yo era un sueño, aunque sí que era su hijo. Y por supuesto, ahora comprendo por qué, desde mi condición onírica, he tenido que viajar por varios sitios a la vez, buscándome a mí mismo por dentro y por fuera. Y también comprendo mi afán por renunciar a las horas de vigilia, a fin de no caer desde el techo del planeta que habito. Y bien, que tras haber leído el secreto, he logrado explicarme cómo, en cierta ocasión, quedé merodeando por los rincones del salón familiar. Fue entonces que volví a encontrarla. Estaba en la cocina de casa. Lucía radiante. Hacía un pastel de manzana. Daba vueltas y vueltas a la paleta de repostería para mezclar la masa. Y sonreía. Claro, que de verla a poder entrar en su pensamiento iba un largo trecho de camino. Traté, entonces, de acercarme lo más que pude a su mente. Pero su sonrisa me distrajo. Y es que esto de ser sueño no es fácil. Quiero ser ubicuo, como la energía con la cual mi madre me trajo a la vida. Pero, a veces, encuentro sombras que me alejan de mi estrella. Y aún así, insisto. Y vuelo. Pero no lo contéis a nadie, ¿lo prometéis?

***


    Estoy leyendo, no niego que con dificultad. Y es que esta página está hecha de una sustancia muy sutil y se disuelve, al tocarla, entre mis dedos. Se borra para resurgir entre líneas cuando menos lo espero. En general, no soy demasiado listo en eso de leer historias. Pero insisto. Estas notas son mejor que ir al colegio, por supuesto que sí. La escuela me aburre. Y finjo estar enfermo, para que mi madre no me obligue a ir. Así, desde mi mentira infantil, invento ronchas y fiebres que me aten a las sábanas. Todo por seguir leyendo a modo mío, sin la interferencia de manuales escolásticos. Y mi madre, que reconoce mi ardid, calla. Va a la cocina y me hace el pastel de manzana, ése que tanto me gusta. Remueve la masa con la paleta, una y otra vez. Y sonríe. Sabe guardar mi secreto. Creo que es sabia, pues sólo los genios saben callar lo que saben. Es mi cómplice en el silencio de la tarde, cuando afuera cae la lluvia de primavera. Cuando del otro lado de mi vida la tierra huele a humedad y el aire se torna tibio.... En fin, mañana será otro día. Tendré que agarrar la cartilla bajo el brazo y recorrer el camino de siempre, el trillo que está lleno de piedras. Pero hoy es hoy. Y hoy me siento grande y fuerte. Tan grande y tan fuerte como para quedarme en casa, mirando las nubes a través de la pequeña ventana de mi habitación. Y sé que no lo contaréis a nadie. Y que guardaréis silencio por aquello de no cerrar el viejo libro del deseo, donde todo es posible.