PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

lunes, 20 de enero de 2014

TORCUATO.

"Centauro": Caligrama del Siglo X.


Por Astarté.
León, España.

Tenía pocos amigos y no fue a la escuela. Había perdido a su padre en agosto de 1980, cuando apenas contaba con cuatro años. Pero no le quería; es decir, su padre. Por eso, quedar huérfano no representó para él un trauma de la infancia, ni mucho menos. Bueno, le quedaba su madre, una mulata de culo exótico y aires de sandunguera; una de esas que ni se acordaba muy bien de tener un hijo.  Ella iba al trabajo cada tarde (al menos, eso decía) y dejaba a Torcuato con la vecina hasta bien entrada la noche, a cambio de que ésta usase su teléfono sin límite de llamadas y su nevera para guardar los botes de mermelada (esos que hacía para vender por el barrio). Él era, para colmo, un niño que no hablaba, ni así le tirasen las palabras con una cuerda. Al parecer, había concentrado la agudeza de su capacidad comunicativa en dar palmadas sobre cualquier superficie plana, bien se tratase de una mesa, de una silla o del suelo. Emitía estrepitosos sonidos onomatopéyicos y, al mismo tiempo, daba fuertes golpes con la mano, situación comunicativa peculiar e insoportable para quienes estuviesen a su alrededor. La vecina, sin embargo, no le ponía demasiada atención, ni a Torcuato, ni a sus estruendos. Al máximo, le decía que se estuviese tranquilo. Lo miraba de reojo: ¡Bestiaaa!, ¿te puedes callar?, era todo lo que le gritaba. Y se viraba de espaldas para continuar pegada a la tele con la novela de las diez y media.

Cuando cumplió la mayoría de edad, Torcuato había crecido y desarrollado a plenitud, convirtiéndose en un joven apuesto y dotado de enormes atributos físicos. La vecina y Torcuato habían hecho grandes migas en los últimos dos años. Fue ella quien se ocupó de la educación sexual del joven, entrenándole para la vida y enseñándole a conocerse a sí mismo como buen semental... (Dicho sea de paso, Torcuato había generado una linda niña, a la cual la vecina mandó bien lejos, a vivir con unos parientes, en otra provincia)... Y bien, la madre del joven había tomado su camino hacía ya tiempo, dejando a su hijo el minúsculo apartamento con baño y teléfono: así constaba la descripción de la vivienda en el clasificado del periódico, en el cual Torcuato, ayudado siempre por su vecina, había “enganchado” la venta del inmueble. Vale decir que a este hijo de la incredulidad no le importaban las cosas materiales. Por eso, un buen día cerró la puerta de aquel cuchitril, dijo adiós a su vecina y a su pasado. Y echó a andar por el camino de los bien-aventurados. Tenía pocos amigos, repito, pero ni falta que le hacían. Ya hablaba (a los nueve años había comenzado a construir sus primeras frases completas y a los quince había logrado hacer discursos, más o menos intelectuales...). Era un buen chico, guapo y bien dotado. Y recitaba poemas (aprendidos de memoria, gracias a que su vecina era una tipa sentimental y se los había enseñado como parte de su educación sexual...).

A decir verdad, no tenía idea de a dónde ir. Pero ello tampoco le importaba demasiado. Se había metido en el bolsillo algún dinero de aquella mierda adquirida por el apartamentucho, el cual había vendido a plazos, cobrando sólo los dos primeros (del resto de la pasta se ocuparía su vecina...). En fin, que andando y andando, el joven Torcuato recorrió medio mundo. Hizo de todo un poco: aprendió varios oficios, adquirió diferentes idiomas, conoció gran variedad de climas y centros urbanos y rurales... Tuvo hijos (no se preocupó demasiado por la cantidad de sus descendientes, como buen semental trotamundos que era...). Eso sí, estaba convencido de dos cosas: La primera de ellas era que la educación no entraba en las necesidades vitales de un centauro. Mitad hombre, mitad caballo, Torcuato usaba, sin leer libros de texto, sus dos hemisferios vitales: de la cintura hacia arriba, su mitad de hombre para hablar, comer y delirar; de la cintura hacia abajo, su mitad bestial para engendrar, caminar y defecar. Y así le bastaba.  Torcuato, en fin, estaba convencido que ni la escuela ni la familia habían contribuido a hacer de él lo que era. Y bien, la segunda cosa de la cual nuestro ser mitológico estaba seguro era que amaba a su vecina. Por todo lo que ésta hizo por él. Por cada verso que escuchó de sus labios, meneando las caderas, haciendo el amor.


El diario de lo cotidiano.



          Por Astarté.
          León, España.


Iba a escribir la primera página de mi diario sobre cosas cotidianas, pero me di cuenta de que algo faltaba a mis apuntes. Para ser exacta, me percaté que escribiría, una vez más, haciendo alarde de un conocimiento, asquerosamente rancio, sobre temas desgastados: el amor, el desamor, la política, el sentido existencial de mi yo personal, la filosofía, la razón de ser y de no ser... En fin, ¿puede un escritor renunciar a la pedantería de la falsa erudición?, fue esa la pregunta. Y me dije a mí misma tal vez. Y empecé a escribir en punto y aparte, dando un cordial saludo a la vida:

¡Buenos días, vida! No sé por qué no te hago un guiño cada día al despertarme. No sé por qué soy tan parca y no me detengo a saludarte, si es cuestión de un segundo o dos, sólo eso. Igual que saludo a mi vecina de casa o a la gente que transita por la calle, no sé por qué no lo hago contigo. Hoy, por ejemplo, resplandece un sol de primavera cuando aún amanece con chaqueta de invierno. Busco entonces los detalles de todos los días y me doy cuenta de que estoy saboreando el café matinal. Cierro esta rutina del desayuno que, no acabo de saber cómo, pero puedo permitirme. Navego por el río de mi largo corredor, le busco en los rincones de la casa, pero él ya se ha ido a trabajar (junto a mí soñó toda la noche). Mientras tanto, mi gata corre con la energía de su temperamento felino y maúlla (quiere leche...)... Dejo la ventana abierta: entra el aire con despistes de señora noctámbula y me enfría la piel (estoy tiritando, pero no la cierro)... Bueno, pienso también en los amigos, en los de siempre y en los de “nueva adquisición”, los cuales, seguramente,  estarán parapetados en sus sitios cotidianos, en correspondencia con sus rutinas y planes de diario. En fin, salgo a la calle y veo a la gente que va y viene y me mira y sonríe( aunque no me conozcan, ellos saludan y sonríen...). Sin dejar de hablar de los pájaros: He visto que una bandada de astutas urracas busca en el parque un recinto más cálido donde aguardar el deshielo de las bajas montañas. Y las hormigas, diosas de la tierra húmeda, cargan migajas de la noche anterior (alguien ha regado trozos de pan sobre la hierba...) Vuelvo a casa. Y descubro que las arañas han tejido telas de lujo en las esquinas de la sala. Miro el techo lleno de hilos pegajosos y colgantes. ¿Quién puede decirme, exactamente, dónde he estado? Quizás pueda recordar, de golpe, mis viajes astrales al reino de los supervivientes... Tal vez pueda enumerar mis sueños de vigilia, amontonados, haciendo fila para realizarse a plenitud, si yo quiero, claro está. Y empiezo a contar la caída de los granos de arena en el reloj: otras veinticuatro horas cuentan el tiempo, con paciencia, a mi paso a través de la conciencia. Y por no dejar de pasar de un lado al otro, del paraíso al infierno (no existe el uno sin el otro...), paso revista de cuanto soy, en orden de prioridades: gente, naturaleza, ciudad, imágenes, deseos, hábitos, historia... Y me enredo entre mis ideas, tanto que me cuesta decirte, simplemente: ¡Buenos días, vida! ¿Te sientas a mi lado a tomar un chocolate caliente? Por supuesto que sí. Por lo demás, si algún recuerdo incluyo en tu humilde memoria es que hoy me das un nuevo margen para seguir recorriendo tu camino. Y no me creerás, pero te debo un mar de cosas a cambio de un simple saludo:¡Buenos días, vida!... Que no es un juego esto de llamar a tu puerta cada día.


domingo, 12 de enero de 2014

Confesiones de Astarté a sus lectores: Compás de espera.

      


      Por Astarté.
      León, España.

      Últimamente la tendencia a permanecer en posición de arranque, pero sin correr y sin marchar a ninguna parte, me mantiene en el punto fijo de quienes poco escriben. ¿Para escuchar sin prisa el silbido del viento? ¿Para construir castillos en la arena? ¡Bah!, ¿quién sabe?... Será por eso que los días escapan de mis dedos y me retan a seguir allí, de pie, en el compás de espera. Mirando desde la orilla cómo van y vienen las olas al ritmo de la apatía. Y mojando, de vez en cuando, mis pies en la corriente. Pero, eso sí, dejando libres mis manos. Para impulsarlas a su propia suerte. Cuando el aire vuelva a despeinarme el flequillo con la musa de la imaginación.