PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

domingo, 15 de junio de 2014

Raras confesiones después de un trágico accidente. (Historia contada al revés).




Por Astarté.
León, España.


Si describo una de mis probables muertes no es porque adore un monumento con cara de sombra y mente en tinieblas. Claro que no. Como tú, he vivido ya muchas veces a mitad del camino, entre mar y cielo, llegando de algún país desde el destierro, emigrando, anclando en altas y en bajas mareas. Y siempre he visto lo mismo: La gente va, algunos te saludan y otros no, algunos te aman y otros no. Peregrinos del desierto, hay quien está convencido de ir a alguna parte. Y bien, mi caballo trotador ya es parte de mi historia. Y yo, que espero algún milagro, insisto en detenerme para alzar el brazo que aún forma parte de mi cuerpo. (A propósito, su mano es la que conservo para escribir este absurdo proyecto de una de mis tantas muertes). Por lo demás, soy también parte de un olivo, pues mi brazo volador ha crecido de nuevo entre sus ramas.



 Y bien: Estábamos a mitad del camino cuando sucedió lo del trágico accidente. La causa: un golpe de sueño de esos irremediables. Yo quedé con la cabeza cuesta abajo y el cuerpo desmembrado; un brazo fue a enredarse entre las ramas de un olivo cercano; el otro, se salvó y quedó pegado al tronco de mi cuerpo, no obstante sus múltiples lesiones. Luego, las piernas... ¡Puffff! ¡Qué decir de cómo quedaron mis pobres piernas! Parece mentira que sean las mismas que me abren aún el sendero por la vida, calle arriba, calle abajo, buscando fortuna. Por otra parte, mi compañero de osadía, un caballo galopante, había entrado en coma cuando le vi por última vez. Acostumbrado como estaba a vivir libre no supo soportar el cansancio de un largo viaje y se durmió. Calló de bruces, rodando por la ladera de aquella colina cual pelota de nieve. Y yo, de paso, rodando junto a él hasta desbocarme, de nuevo, en medio del camino. Y bien, seré honesta: Todo esto parece indicar que morir no es tan difícil; sobre todo, cuando estás en un prado donde no hay basura, ni ruidos.  La cama que ahora me cobija es muy verde y crecen margaritas y una atrevidísima amapola entre ellas. En cuanto al resto del paisaje, no hay altas montañas por estos sitios y el océano está todavía a semanas distante. Claro que, aunque no toque el océano, llego a percibir el mar, que está siempre ahí, en el horizonte. Mientras tanto, mi caballo de fuego, anticipándose por ser mucho más veloz, ahora pasta libre, de nuevo, en la verde explanada de su aliento. A mí, por lo que veo, me queda aquello de conservar el sistema nervioso activo para poder contar la historia del mortal accidente. Y en medio de esta pradera, ver pasar y pasar a tantos caminantes. Muchos me dicen adiós con la mano; otros, ni me miran. Pero qué más da. 

jueves, 12 de junio de 2014

Recorte erótico.

  Por Astarté.
   León, España.


  

¿En qué pensaba cuando le acarició los pechos, dejando sus pezones tan erectos como botones de rosa en miniatura?, eso ella nunca lo supo. Sólo supo que estuvo así, más o menos media hora, enervando sus deseos escondidos. Y luego nada. Él dejó su flor abierta, sus pétalos mojados bajo la lluvia, sus bragas húmedas...¿Digo húmedas? Pues no. ¡Empapadas! Y entonces, el mar. La orilla también. Y él, por supuesto, insistiendo (para colmo) con los dedos enredados en su pubis, tejiendo minúsculas vibraciones. Pero a todo ello faltaba la música. Faltaban sortilegios para un breve encuentro de aves migratorias. Faltaban los acordes de cierta canción romántica. (¿Romántica?...)Y así, mientras su caja musical vibraba, él, allí, de frente a ella...¡Menudo idiota!


 Más tarde, en medio de la noche cuando la lujuria se instalaba en el centro de la cavidad celeste, ella abandonó la orilla y se metió entre las olas. Su piel, dorada a la luz de la luna, retazo de terciopelo con la textura de la miel, brillante. Y el cuerpo torneado quería sonar una copla musicalizada en sueños... 


¡Vaya noche! Él aún en la orilla. Y ella allí, muy cerca de él, pero ya no en la orilla, sino en la marea, repleta de sal. Abarrotada de arpegios contenidos.



Y cuando la luna, por fin, cubrió el punto más alto de su locura, desnuda como estaba fue de nuevo a su encuentro. ¿Te gustan mis pechos?, le preguntó. Él sonrió y se levantó de su silla de arena y se fue andando, lentamente, hasta perderse en un punto del planeta. Mientras tanto, la guitarra, solitaria, quedaría en medio de la noche. Tocando una canción de extraña melodía.