PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

sábado, 19 de septiembre de 2015

LOS DÍAS DE VENUS EN LA TIERRA: Visión empedrada de La Habana.

LOS DÍAS DE VENUS EN LA TIERRA: Visión empedrada de La Habana.: Por Astarté. León, España. De la última vez que estuve entre adoquines guardo el cuadro sensorial del chancletear habanero ...

LOS DÍAS DE VENUS EN LA TIERRA: Para matar el tiempo y las polillas.

LOS DÍAS DE VENUS EN LA TIERRA: Para matar el tiempo y las polillas.:                         Por Astarté. León, España. De todas formas, y aunque no nos queda demasiado tiempo, dame la oportunida...

Para matar el tiempo y las polillas.

           
           
Por Astarté.
León, España.


De todas formas, y aunque no nos queda demasiado tiempo, dame la oportunidad de intentarlo. Sí, de intentarlo. Hacer el intento... Al menos eso, ¿no?; no recuerdo si dijo algo más antes de largarse. Recuerdo, sin embargo, su silueta perfectamente delineada a través del vidrio de la puerta. Parecía frágil. Y luego, nada más. Se fue y punto. ¿Qué quieres que te diga, nena?... ¿Te tomas un café?... Anda, siéntate, que no te saldrán raíces por estar ahí, como una estaca. ¡Figúrate!, yo que me paso el día de aquí para allá no soporto estar de pie por más de cinco minutos... mucho menos con estos tacones... a los que me obliga la vida... Dime si el café está bien de temperatura... ¿Sí? ¿Cuánto te pongo de azúcar?... ¿Una cucharadita rasa?... ¡Ah!, igual que yo. No soporto el café muy dulce. Y ya casi tampoco soporto la música demasiado alta...como la de la vecina... que alardea de estar pletórica de alegría. Y bien, como te estaba diciendo, se fue sin más ni más. Quizás porque sabía que moriría en el intento. Pero lo conozco. Volverá. Conozco a ese hijo de la gran zorra, malagradecido. Y yo, la zorra que lo parió. ¡Déjame ser feliz, mamá!, me dijo. ¡Déjame intentarlo al menos! ... ¡Y dime tú qué quería! Pues, nada. Irse de mi habitación a dormir solo. Dijo que ya era adulto y que deseaba dormir solo. Bueno, ¿y yo qué? Yo, que le he dado los mejores años de mi juventud, que me he quitado de comer para que él comiese, que lo he mimado y protegido tanto... ¡¿Y YO QUÉ...?!

Pero ya vendrá de nuevo.

Me necesita.

Me ama más que a nadie en este mundo y no podrá jamás vivir sin mí.

El viejo bibliotecario cierra el libro. De vez en cuando selecciona algún texto al azar para matar el tiempo y las polillas. Sobre todo, el tiempo, que no pasa entre tantos y tantos libracos olvidados. Se niega a servirse de las ventajas que la era digital le ofrece; por ejemplo, prefiere aún los catálogos físicos de tarjetas a aquellos en línea. Lo cierto es que esta biblioteca le está resultando ya una carga difícil de llevar a cuestas. Su espalda se encorva. Sus piernas se hacen cada vez más débiles. Y por ello, al azar, selecciona textos para una lectura muy somera... a ver qué libro tirar y cuál dejar allí, empotrado para siempre en su pecho.

Tenía treinta años cuando abandonó el hogar materno. Hasta aquel entonces dormía en la cama de su madre. A su lado. Y ella le acariciaba el cabello y le exigía rezar un Ave María antes de apagar la luz. Y él, que lo único que le pedía era una habitación donde poder crecer... sin el osito de peluche que ella le obligaba a mantener entre sus brazos... sin aquellas correas atándole las piernas...

¡Pero la vida es tan breve! Pasan los años y no nos damos cuenta.

Y él había escrito demasiados libros a lo largo, ancho y profundo de su insignificante existencia.

Había catalogado demasiada historia enredada en la verja de su patetismo. Y luego, la había acumulado en tristes estantes. Con tomos, folios y todo lo demás.

Siempre la misma historia.

Siempre la misma.


Siempre.