PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

martes, 20 de diciembre de 2016

La fábula de Obatalá y la mujer-pétrea (con nota de la autora).


Nota de la autora: En lo más recóndito del monte, donde no llega el bullicio de la humanidad, gobierna la Naturaleza en su esplendor. Y allí, formando un gran pueblo, viven los orishas. Pienso que la fábula nos acerca a la dimensión de esta realidad intangible.

(Rosa Marina González-Quevedo)







Por Astarté.
León, España.

Un buen día, Obatalá, que en el panteón yoruba es orisha de respeto por gobernar las cabezas de los hombres y mujeres, dejó atrás su reino de palomas y entró en un viejo museo abandonado. Vale decir que, en esta ocasión, sus poderes se manifestaban en forma femenina (Obatalá a veces es mujer; otras, hombre). Así, por vanidad de fémina, quiso cambiar de vestido. Específicamente, su decisión de irse por ahí buscando cambios de ropaje tuvo que ver con su gran deseo de vestir de verde. Porque, por lo general, ella viste con el color de la espuma y usa como adornos piedras de cuarzo opalino. Sin embargo, desde hacía tiempo soñaba con vestir con el color del monte para poseerlo. (Bueno, que quede entre nosotros, según cuentan algunas leyendas, Obatalá ha envidiado siempre el brillo de la esmeralda de Oggún, su gran enemigo). En fin, que aquel día, despojándose de su túnica de blanco encaje, para realizar su deseo emprendió uno de sus tantos viajes de aventuras hasta llegar a aquel museo, ahora viejo y olvidado.

Solitaria, sobre una columna construida como pedestal, se erguía en piedra verde el busto de una mujer de semblante exótico, rudo y sublime al mismo tiempo. Su mirada era profunda. De la oscuridad de sus ojos huecos emergía la luz, si bien su expresión era composición de miedo y lujuria al mismo tiempo. No sé, algo así como la sorpresa de un animal de las cavernas al sentirse deslumbrado ante la maravilla del cielo.  Claro, para Obatalá no hay misterios que no puedan ser revelados. La enigmática expresión de la doncella verde era prueba de antiguos dolores no del todo superados, como si le faltara solamente hablar para pedir libertad. Y si nada decía, era por ausencia de pensamiento para construir palabras.


Entonces, Obatalá, que todo lo puede, moldeó el cráneo de la exótica mujer de piedra hasta convertir su cabeza en un templo piramidal. Y así, estableciendo una conexión de energía entre la cúspide de la pirámide craneana y el sol, la reina-orisha se posesionó de la figura estática de aquella escultura de piedra. Y desde entonces, en plena libertad, abriéndose paso por el monte, bajo la imagen de la mujer-pétrea gobernó por siempre, con su espléndido verdor, entre blancas palomas. 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Empezamos Diciembre: Nuria Viuda García y Las crónicas de los días que pasan.

Nota de la autora: Narrar lo imperceptible de los días que pasan... Porque los días se suceden unos a otros y no nos damos cuenta de que la sucesión es el único camino del tiempo que viaja "hacia delante", la dimensión de Cronos traducida en crónicas por parte de Nuria Viuda García, prolífica escritora de nuestra ciudad de León. Hoy tengo el placer de dar a conocer a los lectores de "Los días de Venus en la Tierra" el modo sutil en el que nuestra autora percibe lo imperceptible del frío diciembre: el blanco-azul cubriendo el amarillo-rojo de la luz solar en un cuadro cotidiano, la memoria de la niñez bajo los copos de nieve y tanta belleza, que por sus condiciones extremas a veces nos resulta hostil. 
Aquí, sin más, os dejo su artículo Empezamos Diciembre, recientemente publicado en la revista digital La charca literaria.

 (Rosa Marina González-Quevedo)


Paisaje con nieve y caballos, Robert Duncan
(1952, Salt Lake City, Utah, Estados Unidos)



Diciembre

Crónica de los días que pasan 


    En diciembre el mundo juega maliciosamente a tantear los bordes del espacio, buscando un mástil donde asirse, al despertar el alba desnuda de porqués. Desprevenido y cómico bombea el día su extensión-nenúfar.
    Se avecina un sufrido invierno enumerando pasos en la nieve, pasos pequeños, capaces de recorrer cien millas en un intervalo de cinco minutos y regresar al punto de partida, como niños que se alejan pero de los que jamás se pierde la referencia. Puntos negros allá en el horizonte, que se extiende ante los ojos, semejante a una lengua inmensa y blanca que lame el paisaje hasta donde alcanza la mirada, cegándola de luz y plato.
    La nieve posee esa gran capacidad de descifrar al instante los colores y convertirlos en tragedia.
    ¿Acaso no resulta trágica una camiseta azul hecha jirones, un caramelo de menta recién mordisqueado, una gota de sangre, una moneda extraviada; allí esparcidos y condenados a la desaparición; diluyéndose con cada copo en territorio níveo?
    En contraposición no existe nada tan hermoso como observar un alce hundiendo sus cuatro patas al unísono en nieve virgen; puntos negros en procesión concéntrica. Ni nada más tremendo que una tarde de diciembre pidiendo auxilio, sepultada por la inminente oscuridad que la transmuta en noche prematura, engullendo de un modo salvaje su condición de tregua.

martes, 13 de diciembre de 2016

Había una vez un pueblo (con nota de la autora).

Nota de la autora: Podrán quitarnos la palabra, pero no el pensamiento. El pensamiento es libre y reivindica la palabra. Así, al final, la palabra será siempre escrita, dibujada, representada en los mismos muros que le sirven de barrera. (Rosa Marina González-Quevedo).













Por Astarté.
León, España.

Según las leyes de aquel pueblo, sus residentes no podían seguir leyendo libros de poesía o cosas por el estilo. El máximo tribunal del Consejo Jurídico había dictaminado que ese tipo de literatura entraba en la categoría de propaganda inmoral, específicamente en aquella llamada “pornográfica” por estimular las mentes a la masturbación para provocar orgasmos de pensamiento:

INMORAL E ILÍCITA LA POESÍA ESCRITA. QUEDA ASÍ ESTABLECIDA SU PROHIBICIÓN PARA MANTENER LAS BUENAS COSTUMBRES Y EL ORDEN.

__¿Para mantener qué orden?__ se le ocurrió preguntar al tonto del pueblo y le crucificaron en medio de la plaza. Por inoportuno.

Por supuesto, tras la ejecución del pobre iluso, a nadie más le dio por hacer preguntas. Así, el sitio fue cubriéndose de un humo muy negro llamado “silencio”. La gente abría las puertas de sus casas y salía al exterior, caminaba por las calles, iba al mercado. La gente seguía haciendo lo de siempre. Pero en completa mudez. Para no cometer el trágico error de hacer preguntas.

Y fue así que los residentes de aquel lugar empezaron a usar la mímica para comunicar. Crearon un sistema de signos, algo raro por cierto, pero efectivo para decirse cosas entre sí. Y poco a poco, los poetas encontraron la forma de crear versos gestuales, los cuales no necesitaban de texto escrito alguno como tampoco ser publicados en carteles, panfletos, diarios, libros, etc. para ver la luz y vivir. En pocas palabras, la ley del gobierno fue, poco a poco, estrangulada, crucificada y destruida por la ley del amor. Y la poesía reivindicó su naturaleza eterna.