PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

domingo, 9 de abril de 2017

La fábula de las sombras chinescas en un viejo diario (con nota de la autora).

Nota de la autora: Nada de especial en este relato dedicado a la libertad de expresión. Eso sí, acepto y a la vez propongo en él un reto que, si bien está colgado del brazo de todo escritor, es siempre algo difícil de vencer: apagar las sombras que, a veces (muchas veces), "iluminan" las ideas, disfrazándolas para el carnaval de lo políticamente correcto.
Reto fácil de plantear y duro de actuar.
Pero no imposible.

Rosa Marina González-Quevedo (Astarté)





La fábula de las sombras chinescas en un viejo diario.

El Director de mi diario tenía una extraña costumbre. Yo lo observaba desde mi escritorio, desde un rincón de la sala de redacción. Y me daba cuenta de que, al llegar, realizaba cada día la misma operación: sacaba del bolsillo la llave de su oficina, abría la puerta y, antes de entrar, encendía una pequeña linterna para iluminar el paso. Luego, miraba hacia afuera a toda prisa, quizás para cerciorarse de que nadie le observaba. Y sin más, entraba y cerraba la puerta. 

¡Qué raro! pensaba siempre al verle. Porque claro, para mí, lo más lógico era encender la luz y no una linterna: Es probable que el jefe tenga problemas de electricidad en su oficina, pero... ¿por qué no los ha reportado a la compañía? ¿Será que esconde algo? pensaba. En fin, tantas preguntas salidas de obvias deducciones, para las cuales no encontraba respuestas.

Nuestro periódico estaba en uno de sus peores momentos de ventas. A decir verdad, las cosas iban de mal en peor y, por supuesto, todos los trabajadores estábamos esperando el fatal anuncio de despido. Por mi parte, desde hacía un par de meses escribía para la sección de Cultura. Aquella mañana me dedicaba a redactar  un artículo (algo vano, por cierto) titulado El arte de beber café. Entre paréntesis, confieso que en esos días las tazas del mágico néctar iban y venían a mi escritorio en forma descontrolada. En fin, estaba ensimismada en páginas de la historia, colgada en la humeante infusión oriunda de Abisinia cuando, tal vez inspirada por la cafeína o por algún ángel que por ahí volaba, decidí descubrir el misterio de la linterna. 

O de la luz. 

Ya no sabía qué pensar.

Así que esperé la hora en la que todos marchaban, como era costumbre, al bar. Calculé que (también por costumbre) el Director salía cuando los demás lo hacían, dejando por lo general la puerta abierta. 

Entonces, entré. 

Y a la velocidad del relámpago encendí la luz: Y bien, no veo nada extraño, comenté para mí misma.

Luego, para no dejar cabos sueltos en mi “iluminada pesquisa detectivesca”, cerré la puerta (a expensas de que el jefe llegara de improviso) y apagué el local, tratando de encenderlo de nuevo, claro... 

Pero sin resultados positivos.

Porque, en realidad, aquella habitación se llenó de sombras y no de luz.
Sombras chinescas.
Sombras que bailaban.
Se movían ridículamente en las paredes haciendo mil piruetas, capturando cualquier rayo de sol que llegara desde el exterior a través de la ventana de cristal.
Sombras vivientes...

¡Impresionante! fue la palabra que salió de mis labios como un trueno. Y antes de que mi jefe me pillara husmeando donde no debía, abandoné su despacho y volví a mi escritorio.

Juro que si aquella mañana no tomé diez cafés en total, es mentira que existo.

Pero al día siguiente, al llegar a la redacción, todos vimos aquel cartel colgado en la puerta del Director:

POR FAVOR, AL SALIR CIERRE LA PUERTA Y APAGUE LAS SOMBRAS.

Quedé petrificada. El jefe lo sabía todo. Sabía que las ideas estaban apagándose en aquel periódico local. Sabía que, al cierre, las paredes se llenaban de sombras y que debíamos, al menos, tratar de apagarlas para salir del mal período de ventas. Sabía que la mayoría de los periodistas estábamos escribiendo en "formato de sombra" cuestiones que de nada valían al conocimiento de hechos reales. Y sabía, por último, que para luchar contra las ideas-sombras había que destruirlas y cerrar la puerta a la esterilidad del pensamiento.

Así, desde entonces, cada día desconectábamos el interruptor de la estupidez al salir. Y al llegar, iluminábamos las ideas con pequeñas linternas. Con esos foquitos de luz construidos, artesanalmente, en el laboratorio de  nuestra fértil imaginación.

Por lo demás, no logramos salvar el diario: los intereses económicos no viajaban en la misma dirección de la verdad.

Pero, al menos, pudimos rescatar un ápice de la libertad perdida durante tantos años de encierro periodístico.

Al menos eso. Aunque no se sepa aún.