PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

sábado, 13 de mayo de 2017

DOMINGO (CON NOTA DE LA AUTORA).

Nota de la autora:

A veces, la fuerza demoledora de un domingo nos puede resultar patética. 
A veces, no apreciamos del todo la oportunidad que tenemos de ver salir el sol.
Esta es la historia de uno de esos domingos cualquiera, relatada por una mujer sin nombre. Para escribirla, he asumido la sensación de soledad que acompaña al despecho, convencida de que nuestro corazón no es, en absoluto, lo suficientemente fuerte para alojar todas y cada una de nuestras emociones.
Fue leída en Cuento Cuentos Contigo  (evento mensual de narrativa en la ciudad de León, España) con motivo de la celebración de su segundo aniversario.

 Rosa Marina González-Quevedo (Astarté).
 
Fotografía de Alejandro Nemonio Aller


Domingo.
Por Astarté.
León, España.

Esta mañana, el primero en recibir un tortazo fue el reloj. Le di un zumbón ¡tan fuerte! que fue a dar contra la pared ¡Mira que sonar un domingo...! ¡Y yo que creía haber desconectado la alarma!
Bueno, ya no me importa. Ahora está hecho trizas, así que, en adelante uso el móvil y problema resuelto.
Doy vueltas y vueltas en la cama. Ya son las ocho, y a duras penas me levanto. Como alma en pena, sin tumba ni páramo, entro y salgo del baño. Agarro el primer trapo que encuentro y me visto.
Irrumpo en la cocina. Quiero hacer café y veo que no tengo: el sobre está vacío. ¡Vaya!
Descorro la persiana. Hace calor. Abro la ventana. Y me enfrento cara a cara con la vecina, que tiende la ropa. La mujer se levanta todos los días a las siete (sin perdonar la ilusión que pueda hacerme eso de ver salir el sol en soledad). Luego, a las ocho y media, empieza a mover el tendedero:
─¡Buenos días! Hoy hace bueno. La ropa se va a secar enseguida... ─abre un diálogo que me da náuseas.
Quiero estrangularla, a ver si se calla. Pero está prohibido estrangular vecinos, así que finjo una sonrisa de radiante amanecer, y le respondo que sí, que hace bueno, muy bueno, muy pero que muy bueno... Le hago creer que tengo el café al fuego. Cierro la ventana.
Y ahora, tengo que bajar al perro:
─¡Dante! ¡Vamos!
Dante está sobre el sofá. Mueve las orejas, abre un ojo, menea la cola... Pero no tiene intenciones de alzarse.  
¿A que ya se meó detrás de la puerta? ¿A que sí?
Pues... ¡SI!
Eso me pasa por no bajarlo anoche.
Pero al perro no lo estrangulo. A ése no, que es lo único bueno que tengo. Mi perro...

Fotografía de Alejandro Nemonio Aller.
Preparo un desayuno sin café: un par de tostadas, mantequilla y un yogurt. Y cuando estoy dando el tercer mordisco, suena el teléfono. Por supuesto, paso de contestar.  Pero  queda un mensaje grabado: es mi madre, que acaba de enterarse de que no sé quién se murió en el pueblo. Y me pide que la llame en cuanto me levante... ¡JA!
Enciendo el móvil y me percato de que la WiFi no funciona. De repente, me entra un deseo antropológicamente primitivo de lanzar el móvil contra el suelo. Pero me contengo. Y al contenerme,  me sube desde el estómago un buche ácido a la garganta.
Entonces, me doy cuenta de que soy un animal peor que Dante. Un ser violento. Y me siento en el sillón, a analizar las posibles causas de mi estado: ¿las presiones de la crisis económica mundial, corrompiendo mi intelecto? ¿Los traumas de la niñez, acaso? ¿La menopausia? ¿El peso de la soledad? ¿El agujero en la capa de ozono...?
Pero ¿qué más da saber cuál es la causa de tanta violencia personal?
A fin de cuentas, es domingo. Y brilla el sol, retando a la codicia, como moneda de oro gigante que no puede ser tocada, ni por hombres, ni por dioses.
¿Y yo...?  Bueno, por ahora me he quedado aquí, jugando a combinar adverbios de tiempo y lugar. Sentada en el sillón, mirando dormir al viejo Dante.
Jugando a combinar adverbios...

Desde que te fuiste.



                                      


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